miércoles, 10 de diciembre de 2014

Rescate en Perú

Artículo íntegro publicado en Barrabés Nº76

Foto: Gustavo Vela
El 19 de septiembre, sobre las 11 de la mañana, recibimos un mensaje en el Grupo de Exploración Gocta:

“Ceci ha sufrido un accidente en Perú. A -400 metros. No se más”

Haciendo recuento en el aeropuerto de
los más de 40 bultos facturados.
Foto: Xavier Munne
La noticia cayó como una losa entre todos nosotros. Poco a poco se fue perfilando en nuestras mentes un panorama desolador. Aún sin conocer las particularidades de la cavidad, ya podíamos imaginar la complejidad de un rescate de esas dimensiones en un lugar como Perú y la cantidad de especialistas que harían falta para llevarlo acabo. Además, conocíamos la región. Leymebamba estaba a apenas unas horas de nuestra zona de exploración. Llegar hasta allí iba a ser un calvario.
No tardé en recibir una llamada de Jose, un compañero de exploración de Madrid, quien me informó de la situación y me instó a que llamara a la Federación Madrileña de Espeleologia, donde ya estaban confeccionando una lista de socorristas y haciendo gestiones (infructuosas) con exteriores. A partir de ahí, la avalancha de información fue continua y caótica.
La noticia recibida posteriormente sobre una posible lesión medular fue el detonante para que muchos de nosotros estuviéramos dispuestos a marchar aunque fuera costeándonos los gastos, sin esperar la ayuda institucional (la cual ni ha llegado ni se la espera). Pero no iba a ser tan fácil.
Traslado en autobús policial. Foto: Benjamín Guerrero
Aquel día 19 permanecimos pegados al teléfono, recibiendo información muy dispar. Incluso la UME se replegó a la espera de que alguien diera luz verde para enviarles, pero nadie dio la orden. En vista del caos y sin saber exactamente que hacer, empezamos a organizarnos. Pusimos a cargar las las frontales, los taladros, inventariamos cartuchos de gas, tiendas de campaña, equipos personales... Nosotros además contábamos con un zulo de material con cerca de 1.000 metros de cuerda e instalaciones en un lugar muy cercano a la zona (que finalmente no hizo falta).
A medio día salían las primeras noticias en prensa por parte de la agencia EFE. Nos llegaba información de que habían equipos franceses también en la zona, colaborando en el rescate. Empezamos a mover la noticia por los medios y redes sociales.
Jean Loup, un miembro del equipo francés, trasladaba sus preocupaciones a Madrid:

“ Los amigos del grupo ECA están buscando un médico que nos podría acompañar (…). Mi preocupación es el rescate. Nosotros podemos apoyar al grupo que ya está allí, pero no se si vamos a conseguir solos salir con la víctima. Y no hay otros espeleólogos peruanos fuera del grupo ECA!¿Están pensando en mandar un grupo de rescate desde España si fuera necesario?”

Traslado en helicóptero. Foto: Sergio Monje
Aterrizando en las inmediaciones de campamento.
Foto: Sergio Monje
Uno de nosotros encontró combinación para volar hasta Chiclayo llegando a las 20 horas del sábado. Pero por otro lado nos llegaba información de que si íbamos por nuestra cuenta podíamos arriesgarnos a ser retenidos por las autoridades peruanas. Así que esperamos a recibir noticias desde la Federación Madrileña de Espeleologia. También éramos conscientes de que ni si quiera los 10 que estábamos dispuestos a volar éramos suficientes para afrontar el rescate. Necesitábamos que alguien se pusiera a organizar algo de verdad.
Mientras tanto, el PNP (Policía Nacional de Perú) tenía que llegar a la boca de la cavidad para poder ver con sus propios ojos las necesidades del rescate. Un tiempo protocolario vital. Dentro de la cavidad, los compañeros de Ceci iban haciendo relevos para avituallarle y mantener un punto caliente.
Trasladando el material del M17.
Foto: Xavier Munne
Nos llegaron noticias de un grupo de seis personas que salían el sábado hacia la zona (de incógnito¿?), con un equipo médico. Mientras tanto, unos militares peruanos intentaban entrar a la cavidad aunque sin fortuna, ya que sus equipos y conocimientos eran insuficientes.
El 20 por la mañana recibíamos noticias tranquilizadoras de que un equipo mixto de nacionales y extranjeros con conocimientos de socorro marchaba hacia la zona. También de que Ceci estaba recuperando la movilidad de las piernas. Tras 24 horas de intensas comunicaciones, aquello fue un balón de oxígeno para todos. La noticia era que ya había medios suficientes, pero la realidad sería otra bien distinta.
Esperando al helicóptero. Foto:Julio Monserrat
Se movilizó un segundo grupo de diez personas que salió rumbo a Perú, mientras nos llegaban noticias de que el gobierno peruano daba luz verde a la ayuda externa.
Finalmente, el 22 por la tarde dejamos de ser espectadores. Desde Madrid, que ya se encontraba coordinando el rescate al cien por cien, nos pidieron la disponibilidad y nos pusieron en prealerta dentro del Grupo 3. El miércoles 24, tras varios días en vilo y cansados de ver los petates preparados en la puerta de casa, nos activaron de forma definitiva. La orden era estar en Barajas cuanto antes. Los billetes se iban gestionando conforme íbamos viajando.
Foto: Xavier Munne

La llegada fue escalonada. Un total de 23 especialistas y amigos de diferentes comunidades autónomas fuimos llegando como pudimos a la T4 de Barajas para coger un vuelo que salía a las 21h. Una vez en el aeropuerto, se nombró un coordinador del grupo y salimos volando hacia Perú.
Foto: Santiago López
Las gestiones realizadas con la embajada sólo dieron para un autobús que nos transportaría de Lima hasta Chachapoyas. Aprovecharíamos para recoger a otro grupo de ocho personas en Chiclayo que había salido más tarde y así, ir todos juntos. Pero las cosas se complicaron. Lo que suelen ser 22 horas en autobús se convirtieron en 36 por la lentitud del transporte elegido. Además, el grupo que teníamos que recoger había perdido la conexión y tendrían que esperar un día más. El azar hizo que coincidiéramos todos en Chachapoyas, ya de camino al aeropuerto. Allí nos esperaban dos M17 del ejercito peruano dispuestos llevarnos junto con todo el material de avituallamiento y socorro hasta las cercanías del Puesto de Control, donde se había habilitado una helisuperficie.
Vista general del campamento. Foto: Xavier Munne
El viaje fue de unos 30 minutos. Aterrizamos en la ladera de una montaña y comenzamos con el traslado de víveres y material hasta el campamento, ubicado 200 metros más arriba. El salto brusco que dimos hasta la cota de casi 3.200 metros comenzamos a sufrirlo con los primeros pasos, con el corazón al galope y los pulmones tratando de asimilar el aire parcialmente parco en oxígeno que respirábamos a bocanadas.
Era la tercera vez que pisaba la amazonia peruana este año. La sensación se parecía más a la de volver a casa que a la de llegar a un recóndito lugar del planeta. Hacía apenas dos semanas que había dejado atrás aquellas selváticas montañas, aunque esta vez, no era sería un viaje tan placentero.
Cuando llegamos, nos pusimos a montar las tiendas y no tardamos en recibir instrucciones para empezar a trabajar en el sector que nos habían asignado. Un croquis a mano alzada hacía de topografía en una cavidad cuyas galerías estaban recién descubiertas.

Mientras recibíamos las primeras explicaciones, uno de los equipos de evacuación se vestía con el material totalmente empapado y cubiertos con el barro acumulado de varias jornadas. El saludo fue breve. “No da tiempo ni a que se seque la ropa” nos comentaban resignados. Y sin más tertulia, desaparecieron camino de las profundidades de Intimachay.

Lugar tranquilo. Foto: Julio Monserrat
Nuestro sector era el último tramo hasta el nuevo ATM (punto caliente con atención médica) donde se había planificado trasladar a Ceci. Conformábamos aquel día el equipo 5, compuesto por el equipo aragonés del ESA y dos miembros del Grupo Gocta. Con nosotros también venía un enfermero del equipo médico del grupo de espeleosocorro madrileño con la misión de relevar a su compañero.
Salimos con los equipos secos y limpios todavía. Sería la última vez que disfrutaríamos de este lujo. Comenzamos la aproximación hasta la cavidad, balizada por los equipos anteriores, llegando en unos 40 minutos. Por el camino pasamos por un puesto militar ubicado justo antes de unas rampas de barro de fuerte pendiente que se habían interpretado en el rescate como una prolongación de la cavidad, ya que habría que instalar tirolinas para superarla.
Reunión de coordinación. Foto: Gustavo Vela
Llegamos a la boca de entrada. Un rápel de unos 10 metros daba comienzo a un tortuoso meandro activo (con un curso de agua en su interior) que se perdía en las oscuridades de la cavidad. Un sinfín de revueltas, resaltes, pequeños pozos, caos de bloques y cascadas nos pusieron en situación, sobretodo por el panorama que se nos avecinaba; el de una evacuación con la camilla siempre horizontal por indicación médica debida al riesgo de lesión medular. Sin duda, uno de los peores escenarios posibles.
El curso activo iba sumando afluentes y ganando verticalidad. Por el camino fuimos dejando zonas balizadas de paso prohibido. Nuestro sector comenzaba en la cabecera de un pozo de diez metros. Allí nos pusimos a trabajar frenéticamente en la instalación de tirolinas de soporte, retenciones y contrapesos, buscando el equilibrio entre lo técnico y lo práctico, siempre siguiendo las directrices dadas por el médico. Cerca de 40 spits (tacos para instalar las tirolinas y contrapesos) colocamos durante aquella jornada, la primera de todas y la que nos puso en situación. Se trataba de un rescate muy complejo y laborioso y cada especialista iba a ser totalmente necesario.
Preparando el material. Foto: Juan Carlos Río

Otros grupos estuvieron trabajando simultáneamente en cotas más bajas, soportando condiciones más duras y en unas condiciones de fatiga que merecen admiración. Nosotros, después de todo, llegábamos “frescos”, aunque faltos de aclimatación.
Tras un trabajo intenso, regresamos al campamento sobre la media noche. Allí nos esperaban algunos compañeros con un plato de comida caliente.
Al día siguiente, mientras los equipos que habíamos trabajado descansábamos, entraron otros dos equipos de intervención con la misión de equipar los tramos finales de la cavidad, desde el ATM virtual hasta la boca de entrada.
El rescate se desarrollaba bajo las siempre impredecibles condiciones meteorológicas de Perú. La lluvia ha estado presente todos los días, lo que ha endurecido bastante las condiciones de trabajo. El campamento, ubicado sobre un promontorio denominado “Lugar Tranquilo”, se encontraba seco cuando llegamos, pero con la llegada de vientos de Este, comenzaron a formarse unas nubes que dejaron precipitaciones persistentes. El campamento, instalado sobre las praderías de la chacra de Don Javier se convirtió en un lodazal. Moverse hacia cualquier lugar implicaba sortear infinidad de barrizales encharcados. Mantener un calzado seco era toda una aventura.
Foto: Xavier Munne
Al margen de las ya de por sí duras condiciones de la cavidad, llena de barro, con un curso activo y baja temperatura por la altitud, la vida en el campamento no era fácil. Pese a estar acostumbrados muchos de nosotros a pasar varios días bajo tierra, sin posibilidad de limpiarnos o cambiarnos, el escenario de agua y barro permanente del campamento se hacía especialmente tediosos. Salir de la cavidad y dormir con barro hasta las orejas no es nada agradable. La ropa limpia se cotizaba al alza.
Esperando la llegada de la camilla.
Foto: Gustavo Vela
El domingo 28 por la noche hubo una reunión importante. Se dispuso todo para trasladar la camilla desde -300 hasta -120 aproximadamente, donde se había ubicado el nuevo punto caliente con atención médica. En una reunión de jefes de equipo, cada uno hizo una estimación del tiempo que le costaría trasladar la camilla por su sector. Los diferentes equipos de intervención se organizaron de forma secuencial a intervalos aproximados de una hora. 
La mañana del lunes 30 nos encaminamos sobre las 10 am hacia la boca de la cavidad, junto con uno de los enfermeros. Nuestro equipo estaba conformado por un total de 12 especialistas con la misión de ayudar a instalar el nuevo ATM y conducir a Ceci en este último tramo. Bajamos de nuevo por la cavidad, esta vez ya conociendo los pasos y agilizando bastante el descenso. Una vez alcanzamos el nuevo punto caliente, no tardamos en recibir el material para montarlo. Nos pusimos manos a la obra, allanando el firme e instalando un vivac lo suficientemente confortable. Después nos trasladamos a nuestro sector, terminamos de preparar y tensar las tirolinas y esperamos pacientemente la llegada de la camilla. Tan sólo estuvimos esperando una hora antes de ver cómo la camilla llegaba al último tramo del equipo precedente. Nos preparamos para el relevo. En nuestro caso, había que salvar un primer tramo de meandro estrecho, por su zona más alta y amplia. Un sistema de tirolinas y desviaciones nos ayudarían, junto con un sistema de tracción. Después, varios tramos de tortuosa galería lo salvamos mediante pasacamillas, hasta que llegamos un pozo de unos 5 metros que superamos mediante un contrapeso y una posterior tirolina. Después todavía había que que salvar un resalte de unos 4 metros. Lo conseguimos mediante una cuerda de retención y la ayuda de varios espeleosocorristas. A las 16 horas aproximadamente conseguíamos ubicar a Ceci en su nuevo “hogar”. Recuperamos el material de instalación y salimos al exterior.
Aquel mismo día llegó un nuevo equipo de 10 personas (grupo 4), coincidiendo con la despedida del segundo grupo, también de 10 y que ya regresaban a España. Aquella noche hubo una reunión crucial. Los nuevos 10 especialistas entrarían esa misma noche (a las 4 de la madrugada) para terminar de equipar las dificultades hasta la salida y todos los demás lo haríamos un poco después para ayudar en la extracción.

Tiempo de espera durante el rescate. Foto: Benjamín Guerrero
La mañana del martes 30 fue el día que Ceci vio la luz por primera vez, tras 12 días atrapado en la cavidad. Nos dirigimos para ayudar al equipo de las 4 am. Cuando llegamos ya se encontraban realizando la extracción. Unos cuantos continuamos con la misión de desinstalar la cavidad, más de 30 sacas de material que tuvimos portear entre apenas una decena de personas. Mientras, en el exterior Ceci salía de la cavidad y la noticia llegaba a España. El ejercito se encargó del traslado hasta el puesto militar, donde se había instalado una tienda. Pero todavía tuvieron que superarse aquellas empinadas rampas de barro mediante la ayuda de tirolinas. Fue un acontecimiento nacional que se retransmitió en tiempo real por las televisiones peruanas.
Tras una de las jornadas del rescate. Foto: Benjamín Guerrero
Quedaba la duda de si la meteorología permitiría realizar el traslado en helicóptero aquel mismo día. Había amanecido una vez más lloviendo y Ceci permanecía a resguardo en el campamento. Pero en ese momento ocurrió algo fascinante. Las nubes se retiraron repentinamente y por primera vez desde que llegamos allí, el sol inundó hasta el último rincón de aquel lugar tranquilo. El helicóptero apareció en el horizonte y alcanzó una helisuperficie habilitada por los militares días antes. Y tal como llegó, se fue con nuestro amigo, camino del hospital. Poco a poco, el ruido de las aspas del M17 se perdió en la distancia, llenando el lugar de una tranquilidad extraordinaria. El sol nos acompañó aquella tarde, hasta que desapareció tras las altas montañas de la amazonia peruana. La paz inundó el campamento y la conciencia de todos nosotros.
Hay que formar parte del mundo subterráneo para entender cómo es posible que tanta gente (hasta 60 especialistas) abandonara sus trabajos y responsabilidades para ir a colaborar en el rescate. La espeleología es una disciplina bastante desconocida para el gran público. Ni es un deporte de masas ni aspira a serlo Además, por las particularidades del escenario donde se desarrolla, es difícil transmitir lo que supone la vivencia y las dificultades de cualquier exploración. Por otro lado, somos un colectivo con un carácter especial. Nos gusta demasiado sumergirnos en nuestro universo y discrepar entre unos y otros.
Tratando de secar la vestimenta para la próxima incursión.
Foto: Juan Carlos Río
A pesar de ello y aunque nos cueste reconocerlo, los espeleólogos compartimos la complicidad de la vivencia subterránea. Alejados de la luz y de los taquígrafos, exploramos las profundidades de la tierra disfrutando de la intimidad que da una frontal en medio de la oscuridad. Pero a parte de saber avanzar con agilidad por terreno accidentado y resbaladizo, hay que dominar a la perfección las técnicas verticales de progresión por cuerda, donde cualquier error puede ser fatal. Por ello, el colectivo ha introducido entre sus prácticas habituales el autosocorro, que es la primera intervención de rescate del propio equipo, y el espeleosocorro o socorro organizado, donde entramos en un mundo mucho más complejo de triangulaciones, polipastos, tirolinas y trabajo en equipo. Y es que no es nada fácil izar una camilla de 1,90 metros y 100kg a lo largo de un sistema subterráneo con multitud de estrecheces, pozos, meandros o cascadas. Menos todavía cuando se trata de una lesión medular y las indicaciones del médico obligan a mantener la camilla en posición horizontal durante todo el proceso. Una operación de rescate a -400 metros exige un gran despliegue de medios humanos y técnicos. Aquí en España, entre equipos de comunicación, desobstrucción, logística, intervención y avituallamiento, raro sería que no se movilizaran al menos cien personas... y no sobraría ninguna.
Esperando la entrega de la camilla. Foto: Gustavo Vela
Pero si además el accidente se produce en una remota zona de Perú, a tres días como poco de cualquier aeropuerto español, en mitad de la amazonia, a 3.200 metros de altitud y envuelto en unas pésimas condiciones climatológicas, la cosa se complica exponencialmente.
En el caso del accidente de Ceci, se añade una particularidad añadida y es que no existen apenas cuevas de profundidad en Perú. De hecho, Intimachay es en estos momentos la segunda más profunda del país. Como consecuencia de todo ello, no existen grupos organizados de espeleología (exceptuando el ECA) y las complejas técnicas de progresión espeleológica son totalmente desconocidas. Éste, ya de por sí, podría ser uno de los peores escenarios para un rescate, pero hay que añadir otro problema más; el del desconocimiento por parte del gobierno (y en este caso he de decir que tanto peruano como español) de lo que supone un accidente de estas características. Acostumbrados a que el ejército resuelva a base de “brazo”, hacer comprender a la administración que iba a ser necesario recurrir a especialistas (y muchos) de la materia implicó también cierto retraso. Algo especialmente delicado cuando estás a dos días de las elecciones regionales y te dicen que como país no puedes resolver el problema sin ayuda exterior.
Preparando el punto caliente (ATM). Foto: Sergio Monje
Por eso, el problema del rescate en Intimachay hay que entenderlo desde varias dimensiones. En primer lugar la financiera. Desde que el ministerio de exteriores decidiera lavarse las manos en el asunto, se sabía que el rescate habría que financiarlo de forma privada. Las aportaciones de otras federaciones, pero sobretodo el crowdfunding, ha permitido sufragar la mayor parte de los gastos (seguramente alcancen los 150.000€ y el seguro apenas cubre 18.000€) del rescate.
Por otro lado, la dimensión humana. Sin el requerimiento de exteriores (y el consiguiente permiso), había que reclutar especialistas dispuestos a permanecer de forma indefinida en Perú, abandonando sus trabajos y responsabilidades en un tiempo récord. De ahí que la mayor parte de nosotros, además de socorristas y técnicos, fuéramos amigos.



Maniobrando con la camilla en uno de los pasos. Foto: Gustavo Vela

Izando la camilla. Foto: Gustavo Vela
También había que hacer frente a los retos técnicos de la profundidad (-400 metros) y a los problemas logísticos derivados de una cavidad ubicada en una zona remota de la amazonia peruana a gran altitud, donde además hay que dar cobertura a más de 60 personas. En esta parte, la labor altruista de Don Javier supuso una pieza fundamental del engranaje ya que fue capaz darnos desayuno, comida y cena durante todos estos días, a fondo perdido. Pero tampoco hay que olvidar la dimensión diplomática. Al final, una vez se reconoció la necesidad de especialistas españoles y se autorizó su participación, el gobierno peruano y la embajada se volcaron en el rescate, aportando transportes aéreos y terrestres, víveres, alojamientos y una buena parte de la infraestructura del puesto de control en una de las intervenciones más mediáticas que ha tenido el país. Quizás después de todo, las elecciones no nos vinieron tan mal.
El debate sobre el papel del gobierno español
Hay que quitarse los colores y dejar a un margen las afinidades políticas para poder entender o no, la decisión del Estado. En este caso, la de no colaborar en el rescate.
Acondicionando a Ceci en el punto caliente.
Foto: Gustavo Vela
Dentro del argumentario está el de “no podemos rescatar a todos los que se van de vacaciones”. Pero sólo hay que echar un vistazo al relato para comprender que no se puede extrapolar esta situación a ninguna otra. Por un lado, comentar que Ceci ha participado activamente en la exploración arqueológica de multitud de cavidades de Perú, y que el museo de Leymebamba disfruta de varios de sus hallazgos. También en Intimachay existe una riqueza arqueológica por descubrir. Pero además, Ceci se encontraba confinado a 400 metros de profundidad en un medio con unas condiciones ambientales muy rigurosas y con una lesión extremadamente grave en un país sin recursos para este tipo de intervenciones. No hablamos de un senderista que se ha torcido un tobillo en mitad del camino Inca hacia el Machu Pichu. Hablamos de un caso mucho más complejo. Y no quisiera simplificar el asunto a una cuestión financiera, sino sobre todo operativa. La intervención del Estado español habría reducido el tiempo del rescate de 12 a poco más de 5 días. Con los medios que dispone el gobierno podríamos haber fletado un avión con 60 espeleosocorristas y todo el material necesario, lo que habría permitido actuar con celeridad y organización desde un principio, con un acceso al lugar mucho más rápido. Y puede estar tranquilo el gobierno, que lo habríamos pagado exactamente igual. 
Parte del operativo de rescate. Foto: Gustavo Vela
Pero no movió un dedo. Tuvimos que salir por lotes, de incógnito, al ritmo del goteo con el que llegaban los fondos y se movía la diplomacia, cogiendo vuelos comerciales, sin ni siquiera valija diplomática, lo que hizo que algunos componentes llegaran sin equipos y se perdiera parte del material por el camino. Algunos especialistas incluso se encontraron con las mochilas rajadas por llevar cartuchos de gas, imprescindibles en este caso para mantener un punto caliente. Los transportes tuvimos que hacerlos en autobús y duraron hasta 36 horas. Y gracias al gobierno peruano, pudimos disfrutar de algunos desplazamientos en helicóptero hasta el campamento base. Aún así, nos costó llegar cuatro días. A un lado quedan las duras circunstancias personales que afrontamos algunos en lo laboral y familiar y que un simple requerimiento del gobierno habría justificado. La positiva evolución de las lesiones ha hecho que el rescate haya sido un éxito. Pero cualquier otro tipo de lesión habría tenido un pronóstico bien diferente tras 12 días de confinamiento.
Repliegue. Foto: Julio Monserrat
El gobierno ha mediado en secuestros, en casos de ébola y en grandes catástrofes, por lo que no deja de sorprenderme el doble rasero y la doble moral institucional. Mientras, el pasado día 10 de octubre, 9 días después del rescate, el Portavoz de Sanidad del GPP en el congreso, decía en una entrevista a la Cadena Ser, sobre los casos de ébola:
"La repatriación es la mejor opción. (…) Este país no va a dejar a ningún español en ningún lugar del mundo a su suerte".

 


Pues ya podemos dormir tranquilos.







Foto: Sergio Monje
Epílogo

Doce días

Recuperando el material de rescate.
Foto: Julio Monserrat
Perú es para muchos de nosotros, un lugar especial. Allí viajamos para olvidar durante unas semanas, la rutina y los problemas que fácilmente nos atrapan en nuestra sociedad "avanzada". Desde que pisé el barro de Cuispes por primera vez, cada recuerdo me acompaña de cariño y emociones inolvidables, de esas que te dibujan una sonrisa mientras miras por la ventanilla del tren, ya de vuelta a casa. El accidente de Ceci, sin embargo, ha cambiado algo en mi imaginario. Allí , con un amigo a 400 metros de profundidad y una lesión medular, rebosaban solidaridad por cada rincón. Tenemos valores, sin duda. Pero tener un corazón enorme no te garantiza nada en un accidente. Hace falta profesionalidad, coordinación y sentido de la responsabilidad a todos los niveles. Y es ahora, cuando han pasado los meses y echo la vista atrás, cuando me doy cuenta de que falta algo...falta la autocrítica.
Montaña de sacas. Foto: Julio Monserrat
Cuando uno explora en Perú, asume entre otras cosas, la inexistencia de equipos especializados de socorro. Y por ello actuamos con mucha más cautela, evitando cualquier riesgo innecesario. Siempre hemos supuesto que en caso de rescate, serían nuestro compatriotas los que tendrían que venir a echarnos una mano. Pero nunca imaginé que se pudiera llegar a tardar tanto. Doce días no nos valen. Podremos congratularnos de ser un colectivo de grandes valores, pero tendremos que estudiar en el futuro cómo podemos solucionar este problema. Y me preocupa sobremanera que se esté celebrando todavía el éxito del operativo, porque ello no hace más que poner trabas a la autocrítica y a buscar una solución de futuro. Habrá que celebrar que Ceci está de nuevo con nosotros, pero la eficacia del operativo sigue en cuarentena. Cualquier escenario distintinto habría tenido un desenlace fatídico. Y esto volverá a ocurrir, que nadie lo dude.

Medallas, medallas, medallas...

He sido el fotógrafo en tres expediciones, he hecho varios documentales de mis viajes y ganado premios con ellos. Sin embargo, cuando preparé las maletas para ir al rescate, no metí ni si quiera una cámara de fotos. Me acordé de cargar las baterías de mi frontal, las tres baterías de mi taladro, de llevar todo el equipo de verticales, tiendas de campaña y un sinfín de material sin que nada me faltara. Pero me la dejé porque iba a ayudar a un amigo, no de vacaciones... y no quería distraerme.

Parte del material que recuperamos. Mientras, Ceci salía al
exterior y se retransmitía en directo por la TV de Perú.
Foto: Julio Monserrat
Sin embargo, allí he visto cosas que me han hecho reflexionar. Me llamó la atención que mientras más de 100 personas celebraban la salida de Ceci en el exterior, apenas un puñado continuábamos bajo tierra, al margen de la luz y los taquígrafos, arrastrando como podíamos entre las angosturas de aquel meandro más de 30 sacas de material colectivo. ¿De verdad hacía falta tanta gente fuera y tan pocos dentro? Seremos un colectivo generoso, pero nos gustan demasiado las medallas. 

Una autocrítica necesaria

Espero que se haga balance y una autocrítica honesta de lo que ocurrió, que se propongan fórmulas que permitan actuar con mayor rapidez e involucren a todas las instituciones, que se proponga un protocolo de coordinación estatal y que se prime el esfuerzo de los que malgastan su tiempo en estar preparados para estas cosas y no al que ve en esto una oportunidad para escribir una línea más de su currículum. Porque no puede ser que, cuando de verdad hay que actuar, los mejores se queden en España.

sábado, 30 de agosto de 2014

Cinco días bajo tierra (II)

Galerías de la autovía

 La escalada artificial está suponiendo una nueva vía para explorar y exprimir todas las posibilidades de sistemas que por su antigüedad, parecía que ya lo habían dado todo. Aquella vez escalamos el pozo “y ahora qué” y el “pozo del chiste feliz”. El primero de ellos, con una escalada de unos 40 metros, conectaba con una amplia galería que terminaba en un derrumbe inestable. Pero fue el segundo (también de unos 40 metros) el que dio la sorpresa. Tras escalarlo, se abría un pasaje que conectaba con un nuevo sistema de enormes galerías. Había que bajar todavía unos 30 metros para alcanzar el epicentro de lo que parecía un “gran sumidero”, pero no nos quedaban cuerdas. Los que formaron aquel equipo, en su ansia por alcanzar la base y explorar aquello, ataron todo lo que tenían a mano (cordinos, pedaletas, pingajos de cuerda...), pero que ni aún así les daba. Así que con la miel en los labios tuvimos que finalizar aquella incursión de cuatro días bajo tierra y regresar a la superficie. Pero no nos íbamos con las manos vacías, puesto que acabábamos de abrir una nueva puerta en Lecherines.

Escalando el pozo "Y ahora qué"


Aquello supuso un revulsivo en la exploración del sistema. Por un lado, teníamos por delante la exploración de todo aquello que a buen seguro iba a dar trabajo para años. Pero también demostró la utilidad de la escalada artificial. La impaciencia hizo que ese mismo año realizáramos una nueva exploración de cuatro días por un equipo de cinco personas, donde exploramos y topografiamos casi 1.000 metros de nuevas galerías, conquistando espacios totalmente vírgenes que veían la luz por primera vez.

Nuevo meandro explorado, con bloques haciendo equilibrios
Aquel día, Caro y yo íbamos topografiando mientras el equipo de punta iba avanzando e instalando las dificultades. El ritmo de exploración y topografía era frenético. Por delante de nosotros se escuchaban gritos de júbilo, risas y exclamaciones de los que tenían el privilegio de ver aquello por primera vez. Nosotros, pacientes por obligación, con nuestras mediciones, íbamos a un paso más lento, expectantes de descubrir el motivo de tanto escándalo. Y no era para menos. Galerías gigantes de cientos de metros, caos descomunales, destrepes y trepes que parecían dar fin entre bloques pero siempre con alguna continuación a través de pequeños pozos. Un suspense que parecía no tener fin. Y a cada paso que dábamos, veíamos ventanas, oquedades, galerías... interrogantes que quedaban pendientes para próximas incursiones. Estábamos viviendo la aventura de la exploración espeleológica en todo su esplendor, saboreando las sensaciones que siempre habíamos imaginado en la mente de otros.

Galería tras el pozo "Y ahora qué" denominada
"Hasta los ibuprofenos están buenos"
Y por fin nos encontramos a Emily. Así bautizamos a un paso bajo con fuerte corriente de aire que conectaba con una nueva parte activa del sistema. El sonido del agua retumbaba entre aquellas galerías mientras las remontábamos, llevados por la fiebre del explorador. Hubo un momento en el que Caro y yo nos rendimos a la impaciencia y abandonamos los instrumentos de topografía para lanzarnos como posesos junto con los demás a la exploración de aquel nuevo río subterráneo. El curso terminaba en un sifón, pero trepamos por la chimenea de un aporte lateral y comenzamos a escuchar de nuevo gritos de júbilo. Habíamos aterrizado en una sale enorme desde la que caía una cascada que se perdía en la insondable oscuridad de las alturas, más allá de lo que nuestras frontales eran capaces de iluminar. A aquella sala la bautizamos como sala “Buahachaval”.
Paso de "Emily", inaugurado con su correspondiente placa
honorífica de la susodicha. El humor y las bromas contibuyen a
mantener el buen ambiente, liberar tensiones y hacer equipo.

Regresamos al exterior con la satisfacción de haber explorado y sumado un buen puñado de metros al sistema. También con una saca llena de incógnitas y galerías que había que inspeccionar con detalle. Había trabajo todavía para varios años.

Y llegamos al 2014 y esta vez, decidimos hacer entradas de 5 días. Todo se organizó para que durante casi diez jornadas, el sistema estuviera explorándose sin parar. Hubo un día en el que en el vivac éramos ¡hasta doce personas! diez días explorando galerías, escalando pozos, topografiando y tachando una incógnita detrás de otra, sin demasiadas novedades. El último día terminamos de explorar un pozo que habíamos escalado y algunas incógnitas cerca del paso de Emily, sin que dieran ningún fruto. Ya de regreso, decidimos explorar una galería que había “petado” con el gran episodio de deshielo dos años antes.
Pozos de la conexión

Vale la pena hacer mención a aquel episodio para dar muestra aquí también de que lo que a veces parecen sistemas fósiles no lo son tanto. Aquel año, el mayenco hizo que muchas de las fuentes del sistema reventaran. Los ríos entraron en crecida y causaron fuertes daños en varias zonas del pirineo. Durante la exploración del 2013, el equipo destinado al sector "Gruyere "se encontró con una extraña y desagradable sorpresa al llegar al punto donde se debía encontrar el vivac. Estaba todo cubierto de barro y apenas quedaban los restos de una antigua tienda de campaña. Tampoco estaban los sacos de dormir, los cuales se encontraron... ¡¡¡a 30 metros de altura enganchados en los techos de la galería!!! La conclusión es que el sistema hasta una cota muy próxima a los -900 metros ¡¡se había inundado totalmente!!
Formaciones filamentosas de yeso

Ello provocó que también algunas galerías superiores entraran en carga. Concretamente en la sala del lago, por casualidad vieron la marca de un surco de agua excavado en el suelo proveniente de una galería que en su día apenas tenía tres metros pero que ahora se abría en un meandro interminable. Aquella extrañeza descubierta por los equipos días antes se nos notificó y aprovechando que teníamos que conectar con el exterior y llenar agua por aquella zona, decidimos explorarlo.

La exploración casual de aquel meandro culminó con la conexión de un nuevo sistema activo. Un cauce de varios metros de anchura por la que discurría un río lleno de nuevas incógnitas. De nuevo Lecherines nos dejaba para el último día la mayor sorpresa de todas. Y de nuevo el sistema volvía a estar más vivo que nunca.

Galería del lago
También en el exterior se consiguió forzar un paso soplador que conectó con una enorme sala y un gran curso activo en el que se exploraron cientos y cientos de metros.

Así pues, en la actualidad se han descubierto tres nuevos ríos subterráneos independientes que tal vez pudieran confluir en ese gran colector que todos imaginamos y que alimenta nuestras ganas de continuar explorando y conectar este grandioso sistema. Ganas de seguir comiendo pasta precocinada y bebiendo agua arenosa, de permanecer días y días a la sombra, encerrados en este sistema de paredes calizas que nos da la libertad y la oportunidad de expandir nuestras capacidades y ser quienes queremos ser, ganas de volver a dormir hombro con hombro y desayunar pegados a las llamas de un hornillo que rugen mientras se hacen cómplices de nuestras batallas y de nuestras unas risas que se pierden entre el eco de las galerías de un sistema que crece y nos hace crecer también. 

Así que como diría cualquier espeleólogo del mundo:

¡¡¡¡Libreeeeeeee!!!!

jueves, 28 de agosto de 2014

Cinco días bajo tierra (I)

Explorando una sima en el macizo de Lecherines

 La espeleología sigue siendo un deporte extraño y distante, marginado por medios e instituciones tal vez por ser una pieza de difícil encaje dentro del escenario deportivo y competitivo. Se desarrolla en un medio oscuro, frío y húmedo que más que atraer, provoca verdadera aversión. Y realmente esconde pocos alicientes sensoriales. Sólo la curiosidad humana o la sed de aventura y conquista pueden llegar a explicar las motivaciones que nos llevan a los espeleólogos no solo a explorar, sino incluso a disfrutar de la exploración.

Observando unas curiosas formaciones filamentosas de yeso
A todo esto hay que sumarle que hasta los grandes logros hay que comérselo con patatas, ya que trasladar lo que se ha hecho a los habitantes de la troposfera, por muy magno lo descubierto, siempre será en vano. Así que los que compartimos este húmedo y oscuro mundo de colores desteñidos, compartimos además la camaradería y complicidad de batallas libradas que sólo los troglófilos entendemos y podemos vislumbrar en nuestro imaginario. Y quizá, ese sea también uno de los motivos por los que cuesta tanto despegarse del mundo subterráneo. Aunque seguramente Platón no entendería a los que precisamente vemos la luz en las profundidades de las cavernas.

Cenando en el vivac
Tratar de explicar o justificar lo que nos motiva a meternos en estos agujeros y permanecer en ellos durante varias jornadas es tan inútil como tratar de hacer entender a la humanidad por qué me gustan tanto los espagueti a la carbonara. Es una cuestión de gustos, de actitud, de experiencia... ¿Nos gusta estar ahí abajo? No, pero volveremos en cuanto podamos.


No quiero hacer aquí un informe documental-histórico del Sistema(1) Lecherines ya que ni soy la persona adecuada ni creo que añadir muchos nombres y fechas sirva más que para empantanar la lectura del neófito. Tampoco quiero vestir el texto de la sobriedad impasible que suele acompañar los documentos espeleológicos, ni tampoco explicarme a lo Jesús Calleja. Así que me limitaré a lanzar un par de datos que son necesarios para entender el contexto actual.

1: Sistema, para entendernos, es un conjunto de simas o cavidades interconectadas, con varias bocas de entrada que pertenecen a una misma red subterránea.

Topografía del Sistema Lecherines

En las proximidades de "La Chufa"
El primero de ellos, es que el macizo se viene explorando desde 1965, es decir, casi 50 años ya. En segundo lugar, que la primera entrada al sistema (sima C-12) se descubrió en 1987. Estos datos lo que tratan de contextualizar es un macizo muy trabajado, muy explorado y que a estas alturas de la película, pocos podíamos imaginar que albergara muchas posibilidades. Es importante asumir esto para poder relativizar los acontecimientos y así entender la parte más humana de los protagonistas. Pero entremos en materia de una vez. Más información de la historia de las exploraciones aquí

Antiguo anclaje de percha en el pozo "La Chufa"
Se me invitó a explorar el sistema hace un par de años por parte de amigos del CEA. Por aquel entonces no sabía muy bien si el sistema se llamaba “Lecherines” o “La Chufa”, ya que se hablaba más de este último término que del primero, y hacía referencia a uno de pasos delicados de la cavidad, ubicado en la cabecera de un gran pozo (2) (pozo “La Chufa”). El peso psicológico de algunos pasos del sistema era enorme y se hablaba mucho de los pozos, de las instalaciones, del agua... siempre en un tono irónico y jocoso, como corresponde al que habla de un peligro visto de lejos. Pero llegó el día en el que se empezó a hablar en serio de crear equipos y explorar aquello. Sin darme cuenta, allí estaba yo (el burro delante, esta vez sí, para no espantarme), un puñado de maños y amigos de otras comunidades autónomas preparando las mochilas para aventurarnos en las profundidades de la tierra.

2: Denominamos pozo a cualquier dificultad vertical que exija el uso de de cuerdas y técnica de rápel para superarla.

Entrada al sistema por la boca C12
Entramos por la C12 (3), bajamos los primeros pozos y poco a poco recorrimos salas que me sonaban de oídas. La “Sala Camboya”, La “Sala Estrato”, el “Meandro Impresentable” y por fin... ¡La Chufa! El origen del nombre viene porque cuando lo exploraron por primera vez, tras superar un incómodo meandro y encontrarse con tan tremendo pozo ni se plantearon bajar. Lo vieron, resoplaron, tocaron “chufa” y dieron media vuelta. Pero en mi mente valenciana, “La Chufa” adquiría un significado diferente y hacía más bien referencia a la precariedad de la instalación, consistente en un puente de roca blanda en el cual comenzaba el descenso de un pozo bien regado que se perdía en el infinito.

3: La C12 es una de las cinco bocas de entrada que tiene el sistema

Aquel paso era cruzar la frontera que te llevaba a lo más profundo del sistema. Y en aquella incursión lo hicimos y sobrevivimos, como no podía ser de otra manera. Quizás había cierto mito en ese paso, cierto temor inducido... pero todos sabíamos que “La Chufa” tenía los días contados y que sería la última vez que bajaríamos por aquel puente de roca, compuesto de arcilla y fe a partes iguales.

Bajando el Pozo Salvaje
Aquel punto “emblemático” el sistema rompía en un enorme pozo excavado en arcillas, donde no había un palmo de roca decente en la cual colocar un anclaje seguro. La evolución de las instalaciones nos permitió más adelante utilizar tornillos roscapiedra de acero inoxidable y archivar así a “La Chufa” en la estantería antológica de la historia de Lecherines (sección de terror).

Tras superar aquellas verticales, continuamos por el “Pozo Salvaje” y seguimos el curso del río hasta que finalmente nos alejamos del murmullo del agua para alcanzar el vivac(4) de -850 metros de la “Sala Diarreica”. Aquel día el sistema llevaba muchísima agua y llegamos empapados. Tuvimos que rehacer el vivac del cual apenas quedaban cuatro retales podridos y acomodamos un “vestuario(5)” donde poder cambiarnos. Tras terminar de montarlo, aquello parecía más el módulo lunar del Apolo XII, que un vivac espeleológico. Pero terminó cumpliendo perfectamente su función.

4: Denominamos vivac a la infraestructura destinada a dar cobijo a las personas durante periodos de tiempo limitado (desde una noche a varios días), proporcionando "confort" en lugares donde las condiciones son adversas. Hay vivacs de emergencia, cuando las circunstancias son sobrevenidas, o permanentes como en este caso, donde además se almacenan otros elementos que facilitan la estancia, como sacos de dormir, hornillos y algo de comida.
5: Zona próxima al vivac destinada al cambio de la ropa de trabajo por la muda seca (y limpia) y viceversa. Consiste básicamente en una base horizontal cubierta por un plástico.

Alcanzar el vivac de -850 no es que sea algo complicado, pero cuando es la primera vez que entras, cada paso que das hacia abajo te lo imaginas de vuelta y algunos pesan como auténticas losas de mármol. Y es algo que se tiene muy en cuenta durante la estancia en el sistema, especialmente el primer día y el último.
Vivac Sala Diarreica

Es difícil transmitir las sensaciones y las condiciones en las que se permanece en el sistema. Por dar algunos datos, la temperatura es de unos 5º y la humedad relativa del 100%, por lo que las cosas que dejas tendidas permanecen mojadas de un día para otro. La multitud de pasos que hay que sortear obligan a duchas de agua (pozo salvaje, la chufa...) o a rebozarte en arena y barro (paso de los fugados, Emily...). Esto hace que cada día que pasa, vayamos acumulando arena y barro.

Las necesidades tratamos de hacerlas en lugares localizados, alejados del campamento para evitar que los olores hagan la estancia todavía más desagradable. No hay una cisterna, pero sí una pala y arena abundante.

Vestuario
A pesar de todo esto, no se pasa tan mal. Durante la actividad, el frío se templa con el movimiento y en el vivac, los hornillos permiten mantener una estancia confortable.Quizás los momentos más desagradables se concentran en la mañana, cuando hay que salir de la calidez del vivac y enfrentarse a las bajas temperaturas del sistema para ponerse los monos llenos de arena y los escarpines mojados. Es cierto que estas condiciones no las soportaría cualquiera. De hecho, hay que tener una mentalidad especial para soportar varios días así. Pero el que la tiene, no sólo supera la prueba, sino que consigue mantener el humor y disfrutar de la estancia sin ningún esfuerzo especial, algo que puede sonar extraño. Pero es la realidad y no hay falsa modestia cuando afirmo que termina por no ser para tanto.
Paso de "Los fugados"

Los equipos de trabajo han dejado atrás los planteamientos titánicos, donde varios grupos se dedicaban exclusivamente al porteo y a tareas auxiliares. Los nuevos tiempos y las mejoras técnicas (y conceptuales) nos invitan a formar grupos a lo Juan Palomo. De esta forma, el mismo grupo se lleva su comida, su ropa y su material. Sí que es cierto que sin la previa incursión de otros grupos con tareas específicas, como mejorar el vivac o portear cuerdas, las exploraciones habrían ido a un ritmo más lento y tampoco se puede decir que se haya prescindido totalmente de estas fórmulas. Lo que es cierto es que ahora estas tareas se han podido dotar de independencia temporal, lo que permite que un mismo grupo haga autoporteos o trabajos de acondicionamiento durante las fechas previas sin necesidad de equipos de apoyo. Por lo menos es así en este sistema cuyo acceso desde el refugio es relativamente corto.
Comunicando con el exterior

Cabe también hacer mención a las comunicaciones. Por extraño que parezca, teníamos conexión exterior a través de el sistema Tedra, lo que nos permitía conectar a una hora concreta del día con el equipo de fuera para intercambiar información.

Y así es más o menos cómo nos organizamos durante los días que permanecemos de exploración en el interior de la cavidad. Aquel año teníamos como misión, comenzar con la escalada de algunos pozos en busca de galerías fósiles superiores que fueran más allá del nivel freático actual.

Continuará....

martes, 4 de marzo de 2014

Expedición ECH Runchet Khola

Runchet Khola

“Amanece lentamente en este rincón perdido en el tiempo. La luna llena, que se resiste a sumergirse en el horizonte, se despide fundiéndose entre las líneas rotas que perfilan esta selva asiática. Al oido nos llegan los sonidos de la montaña acompañados del rumor bravo del agua, que rompe en estruendo unos metros más abajo. Aquí estamos, siguiendo el camino excavado entre estas montañas, dispuestos a asombrarnos un día más con la naturaleza inexorable que nos confina junto a este río.”

Amanece en el Vivac 1
Quizás sea un extraño comienzo para un artículo sobre barranquismo. Pero son momentos como el descrito en estas líneas los que dan sentido a cualquier exploración. Era el amanecer del tercer día de apertura en el Runchet Khola. Habíamos pasado noche en el interior del cañón, vivaqueando bajo una oportuna visera de montaña desde la que dominábamos todo el valle. La sensación de estar en un lugar remoto que ni si quiera el hombre ha pisado y que todavía mantiene intacta la esencia de hace miles de años es el gran regalo de esta actividad deportiva.

El barranquismo entendido como herramienta de exploración nos ofrece la oportunidad única de arrojar luz sobre los rincones más salvajes y desconocidos de la tierra. A todo ello, hay que sumarle el reto deportivo que puede suponer la apertura de un cañón de casi 2.500 metros de desnivel y 11 kilómetros de desarrollo.

Cascada en el tercer tramo del Runchet Khola
Pero la exploración deportiva no es algo que hayamos descubierto ayer. Desde que allá por los años 50 se comenzaran a ollar los picos más altos del planeta y las cuevas más profundas del mundo, exploración y reto deportivo han caminado juntos. Sin embargo, no siempre han tenido el mismo peso. Quizás en el alpinismo de altitud, con sus cumbres descubiertas al cielo, ha pesado más la cifra que la meta exploratoria. Y sin embargo, los escenarios que hay que superar para alcanzar esas cumbres son de una belleza escalofriante.

La espeleología moderna, si bien también padece del “psíndrome de la cifra”, sigue practicándose mayoritariamente por puro interés exploratorio. Todavía en España hay mucho por descubrir bajo los afilados lapiaces de nuestras montañas. Un mundo que los espeleólogos se empeñan en representar a través de meticulosas topografías y detallados estudios geológicos. Una evidencia más de que en esta disciplina, el interés deportivo sigue estando un escalón por debajo de la curiosidad humana.

El barranquismo comparte con la espeleología ese profundo interés por indagar y explorar, pero a la vez, al igual que en el alpinismo, hay un creciente movimiento deportivo centrado en las cifras y que aparece retratado en las últimas actividades realizadas. Las cascadas más altas del mundo, los cañones más caudalosos y los barrancos de mayor desnivel. Son tres dimensiones de la disciplina, donde se están forzando sus límites. Pero llega un momento en cualquier deporte donde también las cifras comienzan a perder peso dando paso a una segunda evolución deportiva más centrada en el estilo.

ECH y Runchet Khola

El proyecto de Explorar Cañones en el Himalaya (ECH) nació en su día con el objetivo de descubrir y catalogar los cañones del macizo. Fundado en su mayoría por espeleólogos de diferentes comunidades autónomas, este equipo ha ido creciendo y sumando deportistas de todas las especialidades, siendo el barranquismo un punto de encuentro y la mejor excusa para viajar y descubrir nuevos rincones.

El proyecto de Runchet Khola nace como consecuencia de una evolución deportiva. Tras un primer año de prospecciones y un segundo de aperturas, el conocimiento del macizo y de las particularidades de sus descensos había madurado lo suficiente como para dar un salto cualitativo y cuantitativo. Se había trabajado bastante en articular nuevas fórmulas de trabajo y en el diseño de nuevas herramientas para afrontar este tipo de descensos. Desde la confección de taladros sumergibles, de apenas 3 kg y gran autonomía, hasta el uso de instalaciones de progresión ultraligeras o la apuesta por el uso de nuevos materiales textiles. Para ello ha sido imprescindible la implicación de empresas como Index, Injusa, CLR o Tecnomar. Desde aquí, nuestro más profundo agradecimiento.

El salto que queríamos dar era ambicioso. Queríamos dejar de lado la exploración de zonas para centrarnos en un único cañón con los suficientes alicientes como para que valiera la pena dedicar toda una expedición a su apertura. Desnivel, encajamiento y caudal eran los parámetros que iban a determinar la elección de ese descenso.

Lo primero que se hizo fue trasladar la fecha al mes de abril para desarrollar la actividad durante el periodo de estiaje, algo fundamental en un cañón de estas dimensiones (más de 34 km2). Eso dejaba un año de margen para elegir el cañón, definir los objetivos y pautas de exploración y a partir de ahí, trabajar sobre nuevas fórmulas de trabajo.

Régimen hidrológico del Khali Gandaki
 a su paso por Khalte
LA ELECCIÓN DEL CAÑÓN

Harían falta diez vidas para recorrer los diferentes valles del Himalaya, prospectar sus diferentes cañones y así decidir con certeza el cañón ideal. Sin embargo, sólo disponíamos de apenas un año. Afortunadamente, las nuevas tecnologías unidas a la red global permiten explorar territorios inhóspitos sentados desde el sofá de casa. Google Earth se ha convertido en una valiosa herramienta para arqueólogos e investigadores de todo el mundo. Se han descubierto pirámides, bosques ignotos, construcciones prehispánicas… así que, ¿por qué no explorar también los cañones del Himalaya?

Pero no es tan fácil como sentarse y darle al ratón. G.E. permite localizar cañones, pero no da ni una pista de cómo es su interior. Estas cicatrices de la tierra siguen escondiéndose y manteniéndose a salvo incluso de los entrometidos satélites. Fueron necesarias muchas noches de insomnio para completar una búsqueda que realmente jamás llegó a terminarse …
Captura del Google Earth sobre el macizo del
himalaya, con algunos de los cañones seleccionados
Encontramos un número sustancial de potenciales descensos y se hizo una selección de aproximadamente una docena. Pero factores como la inaccesibilidad, encajamiento o el aislamiento no podían deducirse sólo con la información de una ortofoto. Fue la experiencia de Fernando coordinando las anteriores expediciones lo que permitió descartar un buen número de ellos hasta reducirlo a un puñado de descensos, de los cuales y por consenso destacaron dos: el Dobhan Khola y el Runchet Khola, cañones ubicados en la cuenca del Budhi Gandaki, uno de los grandes ríos de Nepal nacido a los pies del Manaslu. El hecho de que fueran colindantes y pertenecieran al mismo valle no fue una casualidad, sino uno de los hechos motivadores de su elección, ya que permitiría disponer de un plan B.

PREPARANDO LA EXPEDICIÓN

Para evitar sorpresas de última hora y mejorar el trabajo en equipo, se realizó un programa de entrenamiento con la idea de poner en práctica sobre el terreno las ideas surgidas en las diferentes reuniones. Se buscaron escenarios homólogos dentro de la península donde ensayar y a partir de ahí se testaron diferentes sistemas de vivacs, menús y fórmulas de progresión. De cada actividad se hizo una puesta en común y se debatieron los puntos discordantes hasta llegar a un consenso. Hay que resaltar la buena sintonía que ECH mantiene con otros equipos, como Proyecto Gocta (dos componentes de ECH participan en ambas expediciones), y que ha permitido evolucionar algunos materiales y prototipos, como los taladros1.

1) De la expedición Yumbilla 2012, se realizó un exhaustivo informe que ha permitido introducir mejoras importantes en la fiabilidad y la operatividad. También la experiencia acumulada en grandes aperturas por terreno selvático ha permitido consensuar unas pautas de trabajo a la hora de prospectar, por las similitudes existentes entre ambos países (guías locales, porteo mediante animales de carga, apertura de sendas…)

Cabe destacar el entrenamiento realizado en T1-Santa Elena, una travesía espeleológica del pirineo donde se vivaqueó en busca de condiciones ambientales hostiles (oscuridad, humedad, temperaturas por debajo de los 6º y progresión por río subterráneo con gran encajamiento). También se probaron algunos preparados de comida liofilizadas, se ensayaron diferentes combinaciones térmicas (trajes secos, Lavacore, neoprenos…) y se obtuvieron las primeras sensaciones con las cargas de las mochilas, progresando con ellas por un terreno altamente complejo y accidentado.

Entrando a la travesía T1-Santa Elena
Pero quizás el más relevante fue el llevado a cabo un mes antes de salir, donde se hizo un simulacro de exploración en la Sierra de Guara. Allí se probaron los menús definitivos, los taladros, los nuevos sistemas de vivac, las combinaciones térmicas, los sacos de dormir y un sinfín de pequeños detalles, cruciales para el éxito de la expedición. Durante tres días, se estuvieron encadenando diferentes descensos en total autonomía, pernoctando en el interior y avanzando con toda la intendencia a la espalda. La meteorología fue dura, ya que llovió intensamente durante los tres días y la temperatura no superó los 6ºC.


Vivac primera y segunda noche durante el entrenamiento en la sierra de Guara
Las conclusiones fueron esperanzadoras ya que conseguimos salvar las dos noches en unas condiciones medianamente confortables.

Probando los menús de expedición
COMIENZA LA EXPEDICIÓN

Finalmente, el día 10 de abril partió una avanzadilla de 3 personas hacia Katmandú para agilizar todas las gestiones antes de que llegara el resto del equipo. El 17 ya estaba todo preparado para partir. A las 6 de la mañana, un autobús 4x4 nos esperaba en el hotel para sacarnos del tumulto y del caos urbano, y acercarnos por fin a los valles del Himalaya.

Tras una larga jornada de autobús y dos días de trecking, por fin llegamos a nuestro destino, una población ubicada a 800 metros por encima del Budhi Gandaki denominada Runchet y que daba nombre también a nuestro todavía desconocido cañón. Dos guías, dos cocineros, cinco porteadores, diez barranquistas y veintiuna mulas cruzamos las callejuelas de aquella población, sembrando el desconcierto entre sus habitantes. Casi aturdidos, apenas capaces de devolver el tradicional “namasté”, aquellos aldeanos nos miraban fascinados. Ni que decir cabe, que despertamos la curiosidad de toda la comunidad, especialmente de los más pequeños, muchos de los cuales jamás habían visto a un occidental.
Caravana de expedición ascendiendo
por la senda que va de Maccha a Runchet
El campamento, tras pedir permiso a los lideres de la población, lo ubicamos junto a las escuelas, sobre una amplia llanura de tierra gris. Tiendas de campaña, comedor, cocina y hasta un baño aparecieron de la nada, dando forma poco a poco a lo que cada vez se parecía más a un campamento base. En cuestión de unas horas, aquella explanada vacía se convirtió en lo que sería nuestro hogar durante los próximos 30 días. Sin embargo, para los nepalies aquello se transformó en lo más parecido a un circo, pasando del estupor al interés y del interés a la jarana. Desde los alrededores se acumulaban tras piedras y muros, grupos de niños, adolescentes y ancianos observando con atención cada uno de nuestros movimientos.
Noche en el campamento base
Para romper el hielo y cruzar aquella barrera imaginaria que había entre los habitantes y nosotros, repartimos globos y chupachups entre los más jóvenes2. Un globo por una sonrisa, pocas veces un trueque fue tan rentable.
2) Está contraindicado repartir caramelos y dulces entre la población, ya que favorece la aparición de caries y otros problemas bucales, algo muy serio en una sociedad con tan pocos recursos. No obstante esta norma que hay que seguir a rajatabla entre las poblaciones situadas cerca de los trecks, entendimos que podíamos romperla por un día en un poblado donde aquel gesto era inofensivo por la escasa visita de turistas y en consecuencia, el nulo impacto en su salud.
Primer contacto con la población de Runchet

COMIENZA LA PROSPECCIÓN

Desde que dejamos el autobús en Arughat, el mal tiempo nos había acompañado durante todo el camino. Había llovido todos los días de forma moderada, aunque conforme pasaban los días, aumentaba la frecuencia e intensidad de estas precipitaciones.

Estos primeros días los dedicamos a prospectar el cañón tanto aguas arriba como aguas abajo. Con la ayuda de guías locales, avanzamos por las pequeñas sendas existentes en las laderas, descubriendo poco a poco cómo era el interior del descenso. Hacia abajo comprobamos que existían zonas bien trabajadas, con pasos que ya desde la distancia tenían difícil solución. También marcamos posibles escapes y bajamos hasta la confluencia con el Budhi Gandaki. Allí comprobamos que el cruce del río en libre era realmente arriesgado. El cañón desembocaba justo en una de las zonas más estrechas. Las aguas se precipitaban enérgicamente poco antes de cruzar frente al Runchet Khola.
Aguas arriba las impresiones eran diversas, ya que el terreno accidentado y selvático complicaba la visualización de amplios tramos del cañón y se tuvo que abandonar la prospección a la cota 2.600, debido a una fuerte tormenta.
Prospectando la cuenca inferior del
Runchet Khola por su margen derecho.

Durante los siguientes días continuamos trabajando en la parte superior. Si bien conocíamos un acceso directo desde el margen derecho que nos dejaba en la parte superior de la cuenca, era el margen izquierdo el único con posibilidades de encontrar escapes que permitieran sectorizar la apertura y ganar seguridad. Por eso decidimos trabajar en un acceso por este margen. Sin embargo, la mala meteorología nos preocupaba cada vez más, ya que a parte de dificultar enormemente los trabajos de exploración, iba sumando agua al descenso día a día.

EL CAMPO 1

Localizamos un buen lugar donde ubicar un campamento avanzado, casi a 3.000 metros, junto a un afluente que podría servir de escape. Pero había que decidir qué hacer mientras tanto, dado que las lluvias no parecían remitir y entre el grupo planeaba la posibilidad de que se tratara de un premonzón adelantado. Finalmente se tomó la decisión de montar el C1 y comenzar a trabajar el acceso a la cabecera a partir de esa cota.
Campo 1
El día 23 por la mañana se formaron dos equipos. El primero de ellos con la misión de prospectar el afluente del C1 y comprobar su viabilidad como escape. El resto se encargaría de la tareas de traslado y montaje del campamento avanzado.

La prospección del escape no arrojó grandes esperanzas. Se exploró el afluente hasta la confluencia con el Runchet, abriendo senda y montando varios rápeles por un terreno muy difícil y escabroso, por lo que se declaró el escape como inoperativo. Sin embargo, valdría como salida de emergencia en el peor de los casos.

El día 24, un equipo marchó con el objetivo de alcanzar la cabecera, con la ayuda de los guías locales. Tras superar varios afluentes alcanzaron un tramo de cañón más abierto donde se montó un C2 que serviría de punto de avituallamiento y se continuó abriendo senda hasta alcanzar por fin la cabecera del cañón, justo al inicio de la cota de nieve y tras atravesar varios neveros. Aguas arriba el cañón seguía por cauce bien excavado pero parte del mismo se encontraba ya congelado.
Tramos superiores. Ubicación de campos avanzados


COMIENZA LA APERTURA

El día 25 de abril fue un día muy especial. Por fin íbamos a tener el primer contacto con el interiór del cañón. Un equipo ligero se encaminó antes de que despuntara el alba hacia la cabecera del Runchet Khola con la idea de explorarlo hasta el C2. Aquel tramo iba a desvelar muchas de las incógnitas que teníamos todavía sin resolver. No era poco trabajo el que había por delante. Debíamos abrir 400 metros de desnivel y no teníamos ni la más remota idea de qué dificultades íbamos a encontrar. Pese a que las lluvias de los día anteriores habían incrementado sensiblemente el caudal, por fortuna todavía en estos tramos alpinos podíamos abordarlo sin problemas.
Explorando un acceso hacia la cabecera del cañón
Indra, nuestro guía durante todos estos años, celebró la tradicional puja donde tras una ofrenda de flores, se encomendó nuestra suerte a Shiva, nuestro dios protector. Mientras todavía humeaba el incienso en aquel altar improvisado a 3.360 metros, a lo lejos el Manaslú nos obsequiaba con la claridad de un amanecer extraordinario. Lavacore, trajes secos, chaquetas estancas, botas... poco a poco nos fuimos vistiendo para el momento. El tintineo de los mosquetones rompió por fin entre el rumor de aquellas aguas y poco a pocos nos sumergimos en la intimidad del valle.
Campo 2

Durante el descenso empleamos gran cantidad de anclajes naturales, utilizando el taladro cómo última alternativa. Lo que pensábamos que sería un tramo con escasas dificultades y de transición nos obligó a instalar un total de 13 rápeles, dotando a esta parte de una continuidad sorprendente. No fue hasta las 15h cuando por fin asomamos desde lo alto de la última cascada para poder divisar a nuestros compañeros aguardando desde el C2. Una vez abajo, nos fundimos en una marea de abrazos y celebraciones.

A todo ello había que sumar otra gran noticia. Desde el teléfono satélite nos llegó información desde Katmandú de que nos esperaban 15 días de buen tiempo. ¡15 días! Todo se vestía de un optimismo inesperado.
Primer rápel del Runchet Khola

Al día siguiente tocaba afrontar el tramo más largo del descenso. Tras declarar el escape como inoperativo, teníamos que superar 800 metros de desnivel lleno de incógnitas. Era el momento de poner a prueba todo lo ensayado a lo largo del año. Se hicieron dos equipos, uno de apertura y un segundo equipo de apoyo encargado de topografíar y donde iba Sanda, nuestra médico. Entre uno y otro se dejó un intervalo de tiempo para evitar esperas y dinamizar el descenso.

Explorando y topografiando
el segundo tramo del cañón

Las mochilas con toda la intendencia de vivac pesaban un mundo. Con cerca de 30 kg, suponían pesados lastres que desequilibraban la progresión, aumentando el desgaste físico y el riesgo de caída. Desde el principio adoptamos un ritmo pausado que nos permitiera avanzar con seguridad. Al fin y al cabo llevábamos comida para tres jornadas. El primer equipo pasó la noche en las inmediaciones del cauce, aprovechando una zona boscosa donde instalaron hamacas para vivaquear. El segundo equipo aprovechó un abrigo de montaña ubicado entre dos cascadas para cenar y pasar la noche.

Fue un magnífico amanecer. Tanto la cena como el material utilizado en el vivac demostraron cumplir perfectamente su misión. Pese a la lluvia caída durante la noche, nos levantamos con energías renovadas, dispuestos a continuar con la exploración hasta el punto de encuentro, establecido en la cota 2.200.

Vivac primer y segundo equipo respectivamente

Este largo tramo de descenso tampoco defraudó a nadie. Desarrollado entre la intimidad de los selváticos bosques nepalies, el cañón discurría salvaje entre escenarios evocadores de otras eras. Musgos y líquenes vestían rocas y árboles, contrastando con tranquilas badinas y cascadas espumosas. El agua nos acompañaba poniendo la banda sonora a este paisaje extraordinario donde tuvimos que superar más de 30 cascadas.
Tercera jornada de exploración en el Runchet Khola
En las cercanías del punto de salida, nos encontramos al resto del equipo con nuestros guías y porteadores. Juntos celebramos este gran paso que nos acercaba poco a poco a cumplir nuestro objetivo. En tres días habíamos abierto casi 1.200 metros de descenso y brillaba el optimismo entre todos los componentes. La parte más dura de la expedición quedaba atrás y regresábamos de nuevo al confortable campo base.

Pero todavía quedaban 1.300 metros de cañón por explorar y los afluentes superados habían sumado un caudal considerable, por lo que no podíamos perder mucho más tiempo. Los tramos intermedios nos acercaron a Runchet a través de unos inicios salvajes y muy vestidos que iban perdiendo progresivamente el ambiente selvático. Superamos varios saltos durante el recorrido. Algunas marmitas presentaban fuertes movimientos de aguas que obligaron a utilizar la cuerda para remolcar a los miembros del equipo.
Salto de 10 metros en una de las badinas del cuarto tramo
Sacando a un compañero atrapado en una contra.
El día que abrimos el tramo que atraviesa Runchet se convirtió en un espectáculo para sus habitantes. Los escolares disfrutaron de una mañana festiva y se concentraron al borde de las paredes y las orillas. Por fin iban a descubrir qué es lo que aquellos extraños estaban haciendo durante estos días. La experiencia fue cuanto menos extraña. Tuvimos que lidiar con una de las cascadas más complicadas del descenso mientras los habitantes de Runchet nos observaban a lo lejos. Creo que jamás una exploración ha disfrutado de tanto público y tan agradecido. Tras cada salto o rápel, se escuchaban aplausos y efusivas palabras de ánimo. Sin lugar a duda, toda una vivencia difícil de catalogar y de olvidar.
Superando un fraccionamiento en una de las cascadas que
atraviesan la población bajo la atenta mirada de sus habitantes.

Mientras terminábamos de abrir el tramo de Runchet, el cielo se fue encapotando. Nadie se podía imaginar lo que venía a continuación. Habían pasado un par de horas desde que llegamos al campamento base, cuando se desencadenó una tormenta descomunal. El agua empezó a correr entre las tiendas del campamento en cuestión de segundos. Los afluentes entraron en carga y el cañón se convirtió en una lengua de turbulenta agua marrón. Este episodio nos puso en alerta. La rápida respuesta del barranco dejaba poco margen de maniobra si sufríamos una tormenta en mitad de la jornada de apertura. Teníamos que cuadrar horarios para evitar permanecer en el cauce durante la tarde.
La lluvia torrencial provocó una gran crecida
 en el cañón. Entre ambas fotografías apenas
 transcurrieron unas horas.
El barranco, tras dos días todavía no se había normalizado. El caudal se mantenía por encima de los niveles de días atrás ya que las lluvias habían continuado precipitando durante las tardes, aunque sin ser tan intensas. Aprovechamos las jornadas de transición para explorar escapes y establecer puntos de encuentro. El tramo de Runchet hasta la confluencia del Budhi Gandaki, de unos 700 metros de desnivel, lo articularíamos en dos jornadas. Aun así, temíamos que si esperábamos demasiado, sufriéramos un nuevo episodio de lluvias torrenciales, lo que implicaría perder tres días más que ya no teníamos. Así que tras valorar el caudal, decidimos entrar.

Los inicios de este tramo fueron muy deportivos y estéticos. Tres cascadas consecutivas enmarcadas dentro de uno de los sectores más excavados del descenso nos dieron la bienvenida. Atravesamos las cortinas de agua que formaban estas verticales, tomando aire en más de una para poder superarlas.
Tramos medios y finales. Ubicación de campo base y
confluencia con el Budhi Gandaki.
Superando un pasillo
Tras este bonito tramo, continuamos por un caos de bloques de gran tamaño que rompían el discurrir del agua con resaltes, sifones y pasos subterráneos. Tras superar un acaudalado pasillo, llegamos a un resalte donde montamos una reunión colgada sobre el margen derecho. El rápel caía directamente sobre la vena de salida de una marmita. La corriente arrastraba con fuerza hacia un canal con un sifón terminal. El primero fue el primero en percatarse de la corriente, consiguiendo escapar de ella tras dar unas enérgicas brazadas. Aún así, por un momento se vio sorprendido, advirtiendo al resto del equipo del peligro y preparando a continuación una cuerda para alcanzar el otro lado.
Pero no fue la única sorpresa que nos aguardaba este tramo. El agua terminó por precipitarse sobre un nuevo pasillo, desapareciendo bajo la horizontal mientras se desplomaba el paisaje. Al asomarnos descubrimos una cascada de unos 60 metros. El agua, antes de caer, impactaba en un resalte a unos 7 metros, rompiendo en cólera justo en un punto donde las aguas superficiales se sumaban al caudal de un afluente subterráneo. Tras una escalada, alcanzamos sobre el margen izquierdo unos árboles donde instalamos la cabecera del rápel. Unos 20 metros más abajo, montamos una reunión desde la que por fin alcanzamos la base.
Superando el primer rápel del sexto tramo

Abajo el cauce se abría, aunque pronto se volvió a encajar en un tramo de cuarcitas extremadamente duras. Intentamos taladrar, pero la roca era impenetrable. Había que superar un pasillo que desembocaba en un cascada de unos 15 metros. Forzamos el paso con clavijas, instalando un pasamanos de unos 10 metros, pero justo en el punto clave que nos permitía bajar hasta la recepción desaparecieron las grietas y cualquier posibilidad de instalar un anclaje, por lo que tuvimos que retroceder y buscar otra alternativa. Finalmente, escalamos por el margen izquierdo hasta un gran árbol ubicado a unos 15 metros sobre el cauce. Desde allí mediante un rápel de unos 25 metros superamos la cascada. Era la última dificultad de este tramo y en el punto de encuentro ya nos esperaban los porteadores y el resto del equipo. Fue una de las jornadas más largas de toda la expedición a la que había que sumar el tedioso retorno hasta el campo base.
Superando un rápel en la zona de caos
Lanzando una cuerda para ayudar a cruzar una corriente peligrosa asociada a un sifón.
Fraccionamiento en la cascada de 60 metros
La siguiente jornada decidimos dejarla de descanso para que todos los miembros de la expedición se recuperaran y así disfrutar juntos de la apertura del último tramo hasta la confluencia con el Budhi Gandaki.
Asegurando una travesía para salvar la siguiente dificultad.
El día 5 de mayo nos encaminamos hacia el último tramo del Runchet Khola. En principio un sector que no deparaba grandes sorpresas aunque con partes desconocidas que no habíamos podido prospectar debido al terreno tan complejo que lo rodeaba. Varios resaltes, rápeles y cascadas nos dejaron en la recta final del descenso, hasta que por fin llegamos a la confluencia de un Budhi Gandaki embravecido por las lluvias de los últimos días. Atrás quedaban los momentos de dudas, de incertidumbre, los debates, los campamentos avanzados, las raciones y los 2.459 metros de un descenso que no sólo ha supuesto una gran experiencia para nosotros, sino que establece una nueva forma de afrontar la exploración de estos grandes cañones.
Formando un cordón para ayudar a un compañero a salir de una badina. El trabajo en equipo se convierte en el pilar principal de cualquier expedición.
Esquema general
EXPLORAR Vs BARRANQUEAR

Esta expedición al himalaya ha supuesto una gran esfuerzo para todos sus componentes. Por una vez en este deporte, nos gustaría que no se midiera el trabajo del equipo únicamente por lo que es el cañón –descenderlo sólo ha supuesto 7 de los 35 días- sino por el conjunto de una actividad exploratoria sin precedentes. No se trataba sólo de un grupo de amigos que apostaban por dar salida a sus inquietudes, sino de una ambiciosa apuesta por una forma de hacer las cosas, de establecer nuevos objetivos y de marcar un estilo que ayude a dirigir el rumbo de estas exploraciones.
Estudiando junto con nuestros guías y gente del lugar las posibilidades de trazar un acceso a la cabecera por el margen izquierdo.
Alguno no creerá que cuando por fin tomamos la última lectura con el GPS ninguno sabíamos que habíamos batido un récord. Pero así fue, entre otros motivos porque nuestro objetivo era otro, más centrado en la forma y la filosofía de trabajo.

Pensamos que han sido muchas las fronteras que hemos superado con esta actividad. Por un lado, abordar la apertura de un cañón de más de 2.000 metros de desnivel en una sola expedición es algo que no tiene precedentes. Lo más aproximado de lo que tenemos referencias es la expedición Chamje Khola, que supuso hasta la fecha el mayor desnivel del mundo en un barranco deportivo, con 2.300 metros. Pero este cañón comenzó a abrirse en el 2006 y no fue hasta el 2011 cuando se culminó su exploración, abriéndose 1.300 metros más. Y pongo entre comillas lo de “abriéndose”, ya que en esos 1.300 metros hay dos tramos todavía inexplorados –las circunstancias obligaron a buscar escapes a sus aperturistas- y que por lo tanto, no puede considerarse como una apertura completa.
Preparando las raciones de vivac para los equipos de apertura.

Pero no sólo eso. Ni si quiera el Chamje Khola ha sido descendido de forma integral. Es decir, no ha habido un equipo de personas que en una misma expedición haya descendido secuencialmente cada uno de sus tramos. Sin embargo, el Runchet Khola sí que se ha abierto por completo, en una sóla expedición y por un mismo equipo de forma secuencial.
Radios, portátiles, GPSs, taladros…
todo debía estar listo cada día para que la
actividad se desarrollara sin problemas.

Conseguir todo esto no ha sido fruto de la casualidad ni de las facilidades que el cañón haya podido ofrecer. En absoluto. Hemos dedicado un gran esfuerzo y tiempo a explorar y prospectar, convirtiendo en accesible lo inaccesible y en posible lo imposible. Sólo en la exploración de sendas y escapes hemos acumulado más de 10.000 metros de desnivel por persona y han habido jornadas que se han superado los 2.200 metros.

Se trabajó mucho en el diseño de vivacs que se adaptaran a cualquier meteorología y entorno. Al final la solución fue la confección de lonas modulares ultraligeras de silnylon.

Tampoco ha sido fácil organizar toda la logística. Porteadores, guías, cocineros, guias locales, etc… Para poder trasladar toda la intendencia hasta Runchet hizo falta un despliegue de medios difícil de imaginar para una expedición barranquista y que pudimos llevar a cabo gracias a las facilidades que desde Namasteviajes.com nos han brindado desde que comenzamos con las exploraciones en el macizo.

Vistas del Manaslu

TRES AÑOS DE TRABAJO

La experiencia y el trabajo de estos últimos años ha permitido ir introduciendo mejoras y nuevos materiales en la exploración. Fruto de ello ha sido ya no sólo el éxito de la expedición, sino el poder plantearnos algo así. Desde la mejora de los taladros, a la introducción de los nuevos tarps ultraligeros para vivacs o los anclajes ECH, pasando por el estudio de los menús, la elección de los sacos, la confección de mapas de zona y como no, el soporte y apoyo de Sanda, una de las pocas médicos de expedición capaces de moverse de forma autónoma en estos entornos y especializada en extrema periferia. Pocas cosas quedaron para el azar.
Gestionando un paso complicado durante la apertura
Todo ese esfuerzo se materializa en el Runchet Khola, un descenso que nos ha enseñado cómo hacer las cosas y que simboliza un nuevo éxito del barranquismo español. Los próximos retos del futuro no sabemos por donde van a venir. Pensamos que es hora de abandonar las cifras y sumergirnos en la intimidad más inexorable del descenso, allí donde no llega ni la luz del sol ni los taquígrafos, pero aguardan las mayores dificultades del planeta. Los rincones más fascinantes que uno pueda imaginar nos esperan justo allí. Cañones que ya no trascenderán a estas páginas pero permanecerán en la memoria de sus aperturistas como las experiencias más arriesgadas y emocionantes jamás vividas.

Llegando a uno de los lugares más bellos del descenso, bautizado como el rincón de los helechos