domingo, 7 de abril de 2013

El comodín del fracaso



Apenas quedan tres días para coger ese avión que nos lleve hacia las montañas más altas del mundo. Tres días para vivir una aventura que seguramente no dejará indiferente a ninguno de los que en ella participamos.

No han sido pocas las veces que he reflexionado sobre este tipo de exploraciones. En este afán del ser humano de clasificar y definir, todavía no se muy bien qué lugar le corresponde a esta expedición. Si lo comparamos con el alpinismo, carecemos de ese vértice absoluto que pone fin a una ascensión, de esa cumbre bien definida y topográficamente cotada que cuantifica y magnifica nuestra actividad. Y buena prueba de ello es que a estas montañas tan emblemáticas que nos van a acompañar durante treinta días se las conoce comúnmente como los“ochomiles”.
Dentro del campo de la espeleología, también hay un punto claro y conciso que supone la meta de nuestra actividad, vertebrado en dos dimensiones: la profundidad y el desarrollo, siendo la primera el referente más usado. También aquí hablamos de un “menosmil” o, los más avezados, de un “menosdosmil”.

 Probando sistemas de vivacs para la expedición

Así pues, vemos que son los metros los que de una manera u otra miden nuestras hazañas. Cuanto más grande es el montonazo de metros, mayor la hazaña.

Sin embargo en el barranquismo, seguimos sin encontrar ese vértice único e inconfundible que de referencia a la actividad, ese puñado de metros que con solo sumarlos de una idea aproximada de cuan magna ha sido nuestra aventura. Y es que subir hasta una cumbre, sólo puede hacerse de una manera… día a día y paso a paso. Bajar hasta “menosmil” también supone un trabajo constante de progresión continua, compartiendo ambas actividades una premisa: no se puede abandonar el medio y continuar otro día sin que ello suponga volver a recorrer el camino desandado.

Sin embargo en barranquismo, un entorno donde primero hay que subir para después bajar, esto no siempre es así. Podemos recorrer parte de un cauce y a abandonarlo casi a nuestro antojo para retomarlo en otro momento y así, superar todo su recorrido sin despeinarnos. Son las ventajas de progresar por un medio abierto al cielo. Pero esto a su vez, hace perder a la actividad esa referencia, ese vértice, esa cumbre…

La tormenta nos da caza durante un entrenamiento

Este año nos hemos propuesto poner nombre a nuestro objetivo y recuperar esa filosofía de progresión del paso a paso, metro a metro, día a día. En nuestra exploración, hay tramos de 1000 metros de desnivel en donde desconocemos la existencia de escapes. Pero no nos importa demasiado. Hemos trabajado durante un año para ganar esa autonomía que nos permita superar largos tramos de cauce, durante varias jornadas y con total autonomía. Intentaremos que el estilo de la apertura sea auténtico y permita entender al exploración del cañón como la suma de un trabajo de varios días. Sin ningún paso atrás.

Y aquí es donde lanzo una reivindicación. Una vez recuperamos el estilo que permite poner nombre a nuestra aventura, es hora de poner en valor las dificultades añadidas de esta exploración, respecto a las de cualquier otra actividad.

La montaña y la espeleología, deportes con la virtud de no engañar en su objetivo alcanzado, se sirven por otro lado del comodín del fracaso. Siempre podemos renunciar. En la montaña, basta con dar media vuelta y regresar. En la espeleología, seguiremos el camino marcado por nuestras cuerdas… pero, ¿y en barranquismo? No es fácil fracasar en un medio donde no hay marcha atrás ni podemos tocar retirada cuando nos plazca. El compromiso de esta exploración radica sobretodo en la incapacidad de escapar una vez superada la primera dificultad… y digo yo que eso, algún valor debe tener.

 Probando la intendencia de la expedición



Pero no es lo único que vengo a reivindicar. También hay otros elementos sobre los que vale la pena reflexionar un instante. Y es que, en la exploración de un barranco en un pais remoto, no hay sherpas ni porteadores que puedan acompañarnos ni si quiera en parte del recorrido. No hay equipos avanzados que vayan instalando las dificultades del camino y permitan a la punta alcanzar su objetivo con las manos en los bolsillos. Todos y cada uno de los que nos aventuramos en este cañón y superamos la primera vertical seremos los mismo que salgamos por la confluencia en el río principal. No nos aprovecharemos del trabajo de expediciones de años anteriores, ni de instalaciones abandonadas, ni de las informaciones detalladas de amigos o equipos que ya lo intentaron antes. Ni si quiera nos han dicho cuál es la mejor época del año o cómo hay que hacer las cosas. Ni los prismáticos pueden darnos una idea de qué es lo que nos vamos a encontrar, desvelándose cada dificultad tan sólo un puñado de metros antes.

Probando los menús de expedición

En definitiva, aventura tras cada recodo, incertidumbre en cada cascada, emociones encontradas antes del problema y después de su solución. La exploración de cañones no es más que eso, un encuentro del barranquista consigo mismo, una filosofía que retrata a la vida en una metáfora natural de agua y roca, pero con analogías tan cercanas que la superación de cada problema es casi como una terapia para nuestra vida real. Somos muchos los que encontramos la paz y el equilibrio en la montaña…  los mismos que adictos a ella, la necesitamos para no caer en la locura de un mundo capaz de desquiciarte día a día y desahucio tras desahucio.


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