miércoles, 10 de diciembre de 2014

Rescate en Perú

Artículo íntegro publicado en Barrabés Nº76

Foto: Gustavo Vela
El 19 de septiembre, sobre las 11 de la mañana, recibimos un mensaje en el Grupo de Exploración Gocta:

“Ceci ha sufrido un accidente en Perú. A -400 metros. No se más”

Haciendo recuento en el aeropuerto de
los más de 40 bultos facturados.
Foto: Xavier Munne
La noticia cayó como una losa entre todos nosotros. Poco a poco se fue perfilando en nuestras mentes un panorama desolador. Aún sin conocer las particularidades de la cavidad, ya podíamos imaginar la complejidad de un rescate de esas dimensiones en un lugar como Perú y la cantidad de especialistas que harían falta para llevarlo acabo. Además, conocíamos la región. Leymebamba estaba a apenas unas horas de nuestra zona de exploración. Llegar hasta allí iba a ser un calvario.
No tardé en recibir una llamada de Jose, un compañero de exploración de Madrid, quien me informó de la situación y me instó a que llamara a la Federación Madrileña de Espeleologia, donde ya estaban confeccionando una lista de socorristas y haciendo gestiones (infructuosas) con exteriores. A partir de ahí, la avalancha de información fue continua y caótica.
La noticia recibida posteriormente sobre una posible lesión medular fue el detonante para que muchos de nosotros estuviéramos dispuestos a marchar aunque fuera costeándonos los gastos, sin esperar la ayuda institucional (la cual ni ha llegado ni se la espera). Pero no iba a ser tan fácil.
Traslado en autobús policial. Foto: Benjamín Guerrero
Aquel día 19 permanecimos pegados al teléfono, recibiendo información muy dispar. Incluso la UME se replegó a la espera de que alguien diera luz verde para enviarles, pero nadie dio la orden. En vista del caos y sin saber exactamente que hacer, empezamos a organizarnos. Pusimos a cargar las las frontales, los taladros, inventariamos cartuchos de gas, tiendas de campaña, equipos personales... Nosotros además contábamos con un zulo de material con cerca de 1.000 metros de cuerda e instalaciones en un lugar muy cercano a la zona (que finalmente no hizo falta).
A medio día salían las primeras noticias en prensa por parte de la agencia EFE. Nos llegaba información de que habían equipos franceses también en la zona, colaborando en el rescate. Empezamos a mover la noticia por los medios y redes sociales.
Jean Loup, un miembro del equipo francés, trasladaba sus preocupaciones a Madrid:

“ Los amigos del grupo ECA están buscando un médico que nos podría acompañar (…). Mi preocupación es el rescate. Nosotros podemos apoyar al grupo que ya está allí, pero no se si vamos a conseguir solos salir con la víctima. Y no hay otros espeleólogos peruanos fuera del grupo ECA!¿Están pensando en mandar un grupo de rescate desde España si fuera necesario?”

Traslado en helicóptero. Foto: Sergio Monje
Aterrizando en las inmediaciones de campamento.
Foto: Sergio Monje
Uno de nosotros encontró combinación para volar hasta Chiclayo llegando a las 20 horas del sábado. Pero por otro lado nos llegaba información de que si íbamos por nuestra cuenta podíamos arriesgarnos a ser retenidos por las autoridades peruanas. Así que esperamos a recibir noticias desde la Federación Madrileña de Espeleologia. También éramos conscientes de que ni si quiera los 10 que estábamos dispuestos a volar éramos suficientes para afrontar el rescate. Necesitábamos que alguien se pusiera a organizar algo de verdad.
Mientras tanto, el PNP (Policía Nacional de Perú) tenía que llegar a la boca de la cavidad para poder ver con sus propios ojos las necesidades del rescate. Un tiempo protocolario vital. Dentro de la cavidad, los compañeros de Ceci iban haciendo relevos para avituallarle y mantener un punto caliente.
Trasladando el material del M17.
Foto: Xavier Munne
Nos llegaron noticias de un grupo de seis personas que salían el sábado hacia la zona (de incógnito¿?), con un equipo médico. Mientras tanto, unos militares peruanos intentaban entrar a la cavidad aunque sin fortuna, ya que sus equipos y conocimientos eran insuficientes.
El 20 por la mañana recibíamos noticias tranquilizadoras de que un equipo mixto de nacionales y extranjeros con conocimientos de socorro marchaba hacia la zona. También de que Ceci estaba recuperando la movilidad de las piernas. Tras 24 horas de intensas comunicaciones, aquello fue un balón de oxígeno para todos. La noticia era que ya había medios suficientes, pero la realidad sería otra bien distinta.
Esperando al helicóptero. Foto:Julio Monserrat
Se movilizó un segundo grupo de diez personas que salió rumbo a Perú, mientras nos llegaban noticias de que el gobierno peruano daba luz verde a la ayuda externa.
Finalmente, el 22 por la tarde dejamos de ser espectadores. Desde Madrid, que ya se encontraba coordinando el rescate al cien por cien, nos pidieron la disponibilidad y nos pusieron en prealerta dentro del Grupo 3. El miércoles 24, tras varios días en vilo y cansados de ver los petates preparados en la puerta de casa, nos activaron de forma definitiva. La orden era estar en Barajas cuanto antes. Los billetes se iban gestionando conforme íbamos viajando.
Foto: Xavier Munne

La llegada fue escalonada. Un total de 23 especialistas y amigos de diferentes comunidades autónomas fuimos llegando como pudimos a la T4 de Barajas para coger un vuelo que salía a las 21h. Una vez en el aeropuerto, se nombró un coordinador del grupo y salimos volando hacia Perú.
Foto: Santiago López
Las gestiones realizadas con la embajada sólo dieron para un autobús que nos transportaría de Lima hasta Chachapoyas. Aprovecharíamos para recoger a otro grupo de ocho personas en Chiclayo que había salido más tarde y así, ir todos juntos. Pero las cosas se complicaron. Lo que suelen ser 22 horas en autobús se convirtieron en 36 por la lentitud del transporte elegido. Además, el grupo que teníamos que recoger había perdido la conexión y tendrían que esperar un día más. El azar hizo que coincidiéramos todos en Chachapoyas, ya de camino al aeropuerto. Allí nos esperaban dos M17 del ejercito peruano dispuestos llevarnos junto con todo el material de avituallamiento y socorro hasta las cercanías del Puesto de Control, donde se había habilitado una helisuperficie.
Vista general del campamento. Foto: Xavier Munne
El viaje fue de unos 30 minutos. Aterrizamos en la ladera de una montaña y comenzamos con el traslado de víveres y material hasta el campamento, ubicado 200 metros más arriba. El salto brusco que dimos hasta la cota de casi 3.200 metros comenzamos a sufrirlo con los primeros pasos, con el corazón al galope y los pulmones tratando de asimilar el aire parcialmente parco en oxígeno que respirábamos a bocanadas.
Era la tercera vez que pisaba la amazonia peruana este año. La sensación se parecía más a la de volver a casa que a la de llegar a un recóndito lugar del planeta. Hacía apenas dos semanas que había dejado atrás aquellas selváticas montañas, aunque esta vez, no era sería un viaje tan placentero.
Cuando llegamos, nos pusimos a montar las tiendas y no tardamos en recibir instrucciones para empezar a trabajar en el sector que nos habían asignado. Un croquis a mano alzada hacía de topografía en una cavidad cuyas galerías estaban recién descubiertas.

Mientras recibíamos las primeras explicaciones, uno de los equipos de evacuación se vestía con el material totalmente empapado y cubiertos con el barro acumulado de varias jornadas. El saludo fue breve. “No da tiempo ni a que se seque la ropa” nos comentaban resignados. Y sin más tertulia, desaparecieron camino de las profundidades de Intimachay.

Lugar tranquilo. Foto: Julio Monserrat
Nuestro sector era el último tramo hasta el nuevo ATM (punto caliente con atención médica) donde se había planificado trasladar a Ceci. Conformábamos aquel día el equipo 5, compuesto por el equipo aragonés del ESA y dos miembros del Grupo Gocta. Con nosotros también venía un enfermero del equipo médico del grupo de espeleosocorro madrileño con la misión de relevar a su compañero.
Salimos con los equipos secos y limpios todavía. Sería la última vez que disfrutaríamos de este lujo. Comenzamos la aproximación hasta la cavidad, balizada por los equipos anteriores, llegando en unos 40 minutos. Por el camino pasamos por un puesto militar ubicado justo antes de unas rampas de barro de fuerte pendiente que se habían interpretado en el rescate como una prolongación de la cavidad, ya que habría que instalar tirolinas para superarla.
Reunión de coordinación. Foto: Gustavo Vela
Llegamos a la boca de entrada. Un rápel de unos 10 metros daba comienzo a un tortuoso meandro activo (con un curso de agua en su interior) que se perdía en las oscuridades de la cavidad. Un sinfín de revueltas, resaltes, pequeños pozos, caos de bloques y cascadas nos pusieron en situación, sobretodo por el panorama que se nos avecinaba; el de una evacuación con la camilla siempre horizontal por indicación médica debida al riesgo de lesión medular. Sin duda, uno de los peores escenarios posibles.
El curso activo iba sumando afluentes y ganando verticalidad. Por el camino fuimos dejando zonas balizadas de paso prohibido. Nuestro sector comenzaba en la cabecera de un pozo de diez metros. Allí nos pusimos a trabajar frenéticamente en la instalación de tirolinas de soporte, retenciones y contrapesos, buscando el equilibrio entre lo técnico y lo práctico, siempre siguiendo las directrices dadas por el médico. Cerca de 40 spits (tacos para instalar las tirolinas y contrapesos) colocamos durante aquella jornada, la primera de todas y la que nos puso en situación. Se trataba de un rescate muy complejo y laborioso y cada especialista iba a ser totalmente necesario.
Preparando el material. Foto: Juan Carlos Río

Otros grupos estuvieron trabajando simultáneamente en cotas más bajas, soportando condiciones más duras y en unas condiciones de fatiga que merecen admiración. Nosotros, después de todo, llegábamos “frescos”, aunque faltos de aclimatación.
Tras un trabajo intenso, regresamos al campamento sobre la media noche. Allí nos esperaban algunos compañeros con un plato de comida caliente.
Al día siguiente, mientras los equipos que habíamos trabajado descansábamos, entraron otros dos equipos de intervención con la misión de equipar los tramos finales de la cavidad, desde el ATM virtual hasta la boca de entrada.
El rescate se desarrollaba bajo las siempre impredecibles condiciones meteorológicas de Perú. La lluvia ha estado presente todos los días, lo que ha endurecido bastante las condiciones de trabajo. El campamento, ubicado sobre un promontorio denominado “Lugar Tranquilo”, se encontraba seco cuando llegamos, pero con la llegada de vientos de Este, comenzaron a formarse unas nubes que dejaron precipitaciones persistentes. El campamento, instalado sobre las praderías de la chacra de Don Javier se convirtió en un lodazal. Moverse hacia cualquier lugar implicaba sortear infinidad de barrizales encharcados. Mantener un calzado seco era toda una aventura.
Foto: Xavier Munne
Al margen de las ya de por sí duras condiciones de la cavidad, llena de barro, con un curso activo y baja temperatura por la altitud, la vida en el campamento no era fácil. Pese a estar acostumbrados muchos de nosotros a pasar varios días bajo tierra, sin posibilidad de limpiarnos o cambiarnos, el escenario de agua y barro permanente del campamento se hacía especialmente tediosos. Salir de la cavidad y dormir con barro hasta las orejas no es nada agradable. La ropa limpia se cotizaba al alza.
Esperando la llegada de la camilla.
Foto: Gustavo Vela
El domingo 28 por la noche hubo una reunión importante. Se dispuso todo para trasladar la camilla desde -300 hasta -120 aproximadamente, donde se había ubicado el nuevo punto caliente con atención médica. En una reunión de jefes de equipo, cada uno hizo una estimación del tiempo que le costaría trasladar la camilla por su sector. Los diferentes equipos de intervención se organizaron de forma secuencial a intervalos aproximados de una hora. 
La mañana del lunes 30 nos encaminamos sobre las 10 am hacia la boca de la cavidad, junto con uno de los enfermeros. Nuestro equipo estaba conformado por un total de 12 especialistas con la misión de ayudar a instalar el nuevo ATM y conducir a Ceci en este último tramo. Bajamos de nuevo por la cavidad, esta vez ya conociendo los pasos y agilizando bastante el descenso. Una vez alcanzamos el nuevo punto caliente, no tardamos en recibir el material para montarlo. Nos pusimos manos a la obra, allanando el firme e instalando un vivac lo suficientemente confortable. Después nos trasladamos a nuestro sector, terminamos de preparar y tensar las tirolinas y esperamos pacientemente la llegada de la camilla. Tan sólo estuvimos esperando una hora antes de ver cómo la camilla llegaba al último tramo del equipo precedente. Nos preparamos para el relevo. En nuestro caso, había que salvar un primer tramo de meandro estrecho, por su zona más alta y amplia. Un sistema de tirolinas y desviaciones nos ayudarían, junto con un sistema de tracción. Después, varios tramos de tortuosa galería lo salvamos mediante pasacamillas, hasta que llegamos un pozo de unos 5 metros que superamos mediante un contrapeso y una posterior tirolina. Después todavía había que que salvar un resalte de unos 4 metros. Lo conseguimos mediante una cuerda de retención y la ayuda de varios espeleosocorristas. A las 16 horas aproximadamente conseguíamos ubicar a Ceci en su nuevo “hogar”. Recuperamos el material de instalación y salimos al exterior.
Aquel mismo día llegó un nuevo equipo de 10 personas (grupo 4), coincidiendo con la despedida del segundo grupo, también de 10 y que ya regresaban a España. Aquella noche hubo una reunión crucial. Los nuevos 10 especialistas entrarían esa misma noche (a las 4 de la madrugada) para terminar de equipar las dificultades hasta la salida y todos los demás lo haríamos un poco después para ayudar en la extracción.

Tiempo de espera durante el rescate. Foto: Benjamín Guerrero
La mañana del martes 30 fue el día que Ceci vio la luz por primera vez, tras 12 días atrapado en la cavidad. Nos dirigimos para ayudar al equipo de las 4 am. Cuando llegamos ya se encontraban realizando la extracción. Unos cuantos continuamos con la misión de desinstalar la cavidad, más de 30 sacas de material que tuvimos portear entre apenas una decena de personas. Mientras, en el exterior Ceci salía de la cavidad y la noticia llegaba a España. El ejercito se encargó del traslado hasta el puesto militar, donde se había instalado una tienda. Pero todavía tuvieron que superarse aquellas empinadas rampas de barro mediante la ayuda de tirolinas. Fue un acontecimiento nacional que se retransmitió en tiempo real por las televisiones peruanas.
Tras una de las jornadas del rescate. Foto: Benjamín Guerrero
Quedaba la duda de si la meteorología permitiría realizar el traslado en helicóptero aquel mismo día. Había amanecido una vez más lloviendo y Ceci permanecía a resguardo en el campamento. Pero en ese momento ocurrió algo fascinante. Las nubes se retiraron repentinamente y por primera vez desde que llegamos allí, el sol inundó hasta el último rincón de aquel lugar tranquilo. El helicóptero apareció en el horizonte y alcanzó una helisuperficie habilitada por los militares días antes. Y tal como llegó, se fue con nuestro amigo, camino del hospital. Poco a poco, el ruido de las aspas del M17 se perdió en la distancia, llenando el lugar de una tranquilidad extraordinaria. El sol nos acompañó aquella tarde, hasta que desapareció tras las altas montañas de la amazonia peruana. La paz inundó el campamento y la conciencia de todos nosotros.
Hay que formar parte del mundo subterráneo para entender cómo es posible que tanta gente (hasta 60 especialistas) abandonara sus trabajos y responsabilidades para ir a colaborar en el rescate. La espeleología es una disciplina bastante desconocida para el gran público. Ni es un deporte de masas ni aspira a serlo Además, por las particularidades del escenario donde se desarrolla, es difícil transmitir lo que supone la vivencia y las dificultades de cualquier exploración. Por otro lado, somos un colectivo con un carácter especial. Nos gusta demasiado sumergirnos en nuestro universo y discrepar entre unos y otros.
Tratando de secar la vestimenta para la próxima incursión.
Foto: Juan Carlos Río
A pesar de ello y aunque nos cueste reconocerlo, los espeleólogos compartimos la complicidad de la vivencia subterránea. Alejados de la luz y de los taquígrafos, exploramos las profundidades de la tierra disfrutando de la intimidad que da una frontal en medio de la oscuridad. Pero a parte de saber avanzar con agilidad por terreno accidentado y resbaladizo, hay que dominar a la perfección las técnicas verticales de progresión por cuerda, donde cualquier error puede ser fatal. Por ello, el colectivo ha introducido entre sus prácticas habituales el autosocorro, que es la primera intervención de rescate del propio equipo, y el espeleosocorro o socorro organizado, donde entramos en un mundo mucho más complejo de triangulaciones, polipastos, tirolinas y trabajo en equipo. Y es que no es nada fácil izar una camilla de 1,90 metros y 100kg a lo largo de un sistema subterráneo con multitud de estrecheces, pozos, meandros o cascadas. Menos todavía cuando se trata de una lesión medular y las indicaciones del médico obligan a mantener la camilla en posición horizontal durante todo el proceso. Una operación de rescate a -400 metros exige un gran despliegue de medios humanos y técnicos. Aquí en España, entre equipos de comunicación, desobstrucción, logística, intervención y avituallamiento, raro sería que no se movilizaran al menos cien personas... y no sobraría ninguna.
Esperando la entrega de la camilla. Foto: Gustavo Vela
Pero si además el accidente se produce en una remota zona de Perú, a tres días como poco de cualquier aeropuerto español, en mitad de la amazonia, a 3.200 metros de altitud y envuelto en unas pésimas condiciones climatológicas, la cosa se complica exponencialmente.
En el caso del accidente de Ceci, se añade una particularidad añadida y es que no existen apenas cuevas de profundidad en Perú. De hecho, Intimachay es en estos momentos la segunda más profunda del país. Como consecuencia de todo ello, no existen grupos organizados de espeleología (exceptuando el ECA) y las complejas técnicas de progresión espeleológica son totalmente desconocidas. Éste, ya de por sí, podría ser uno de los peores escenarios para un rescate, pero hay que añadir otro problema más; el del desconocimiento por parte del gobierno (y en este caso he de decir que tanto peruano como español) de lo que supone un accidente de estas características. Acostumbrados a que el ejército resuelva a base de “brazo”, hacer comprender a la administración que iba a ser necesario recurrir a especialistas (y muchos) de la materia implicó también cierto retraso. Algo especialmente delicado cuando estás a dos días de las elecciones regionales y te dicen que como país no puedes resolver el problema sin ayuda exterior.
Preparando el punto caliente (ATM). Foto: Sergio Monje
Por eso, el problema del rescate en Intimachay hay que entenderlo desde varias dimensiones. En primer lugar la financiera. Desde que el ministerio de exteriores decidiera lavarse las manos en el asunto, se sabía que el rescate habría que financiarlo de forma privada. Las aportaciones de otras federaciones, pero sobretodo el crowdfunding, ha permitido sufragar la mayor parte de los gastos (seguramente alcancen los 150.000€ y el seguro apenas cubre 18.000€) del rescate.
Por otro lado, la dimensión humana. Sin el requerimiento de exteriores (y el consiguiente permiso), había que reclutar especialistas dispuestos a permanecer de forma indefinida en Perú, abandonando sus trabajos y responsabilidades en un tiempo récord. De ahí que la mayor parte de nosotros, además de socorristas y técnicos, fuéramos amigos.



Maniobrando con la camilla en uno de los pasos. Foto: Gustavo Vela

Izando la camilla. Foto: Gustavo Vela
También había que hacer frente a los retos técnicos de la profundidad (-400 metros) y a los problemas logísticos derivados de una cavidad ubicada en una zona remota de la amazonia peruana a gran altitud, donde además hay que dar cobertura a más de 60 personas. En esta parte, la labor altruista de Don Javier supuso una pieza fundamental del engranaje ya que fue capaz darnos desayuno, comida y cena durante todos estos días, a fondo perdido. Pero tampoco hay que olvidar la dimensión diplomática. Al final, una vez se reconoció la necesidad de especialistas españoles y se autorizó su participación, el gobierno peruano y la embajada se volcaron en el rescate, aportando transportes aéreos y terrestres, víveres, alojamientos y una buena parte de la infraestructura del puesto de control en una de las intervenciones más mediáticas que ha tenido el país. Quizás después de todo, las elecciones no nos vinieron tan mal.
El debate sobre el papel del gobierno español
Hay que quitarse los colores y dejar a un margen las afinidades políticas para poder entender o no, la decisión del Estado. En este caso, la de no colaborar en el rescate.
Acondicionando a Ceci en el punto caliente.
Foto: Gustavo Vela
Dentro del argumentario está el de “no podemos rescatar a todos los que se van de vacaciones”. Pero sólo hay que echar un vistazo al relato para comprender que no se puede extrapolar esta situación a ninguna otra. Por un lado, comentar que Ceci ha participado activamente en la exploración arqueológica de multitud de cavidades de Perú, y que el museo de Leymebamba disfruta de varios de sus hallazgos. También en Intimachay existe una riqueza arqueológica por descubrir. Pero además, Ceci se encontraba confinado a 400 metros de profundidad en un medio con unas condiciones ambientales muy rigurosas y con una lesión extremadamente grave en un país sin recursos para este tipo de intervenciones. No hablamos de un senderista que se ha torcido un tobillo en mitad del camino Inca hacia el Machu Pichu. Hablamos de un caso mucho más complejo. Y no quisiera simplificar el asunto a una cuestión financiera, sino sobre todo operativa. La intervención del Estado español habría reducido el tiempo del rescate de 12 a poco más de 5 días. Con los medios que dispone el gobierno podríamos haber fletado un avión con 60 espeleosocorristas y todo el material necesario, lo que habría permitido actuar con celeridad y organización desde un principio, con un acceso al lugar mucho más rápido. Y puede estar tranquilo el gobierno, que lo habríamos pagado exactamente igual. 
Parte del operativo de rescate. Foto: Gustavo Vela
Pero no movió un dedo. Tuvimos que salir por lotes, de incógnito, al ritmo del goteo con el que llegaban los fondos y se movía la diplomacia, cogiendo vuelos comerciales, sin ni siquiera valija diplomática, lo que hizo que algunos componentes llegaran sin equipos y se perdiera parte del material por el camino. Algunos especialistas incluso se encontraron con las mochilas rajadas por llevar cartuchos de gas, imprescindibles en este caso para mantener un punto caliente. Los transportes tuvimos que hacerlos en autobús y duraron hasta 36 horas. Y gracias al gobierno peruano, pudimos disfrutar de algunos desplazamientos en helicóptero hasta el campamento base. Aún así, nos costó llegar cuatro días. A un lado quedan las duras circunstancias personales que afrontamos algunos en lo laboral y familiar y que un simple requerimiento del gobierno habría justificado. La positiva evolución de las lesiones ha hecho que el rescate haya sido un éxito. Pero cualquier otro tipo de lesión habría tenido un pronóstico bien diferente tras 12 días de confinamiento.
Repliegue. Foto: Julio Monserrat
El gobierno ha mediado en secuestros, en casos de ébola y en grandes catástrofes, por lo que no deja de sorprenderme el doble rasero y la doble moral institucional. Mientras, el pasado día 10 de octubre, 9 días después del rescate, el Portavoz de Sanidad del GPP en el congreso, decía en una entrevista a la Cadena Ser, sobre los casos de ébola:
"La repatriación es la mejor opción. (…) Este país no va a dejar a ningún español en ningún lugar del mundo a su suerte".

 


Pues ya podemos dormir tranquilos.







Foto: Sergio Monje
Epílogo

Doce días

Recuperando el material de rescate.
Foto: Julio Monserrat
Perú es para muchos de nosotros, un lugar especial. Allí viajamos para olvidar durante unas semanas, la rutina y los problemas que fácilmente nos atrapan en nuestra sociedad "avanzada". Desde que pisé el barro de Cuispes por primera vez, cada recuerdo me acompaña de cariño y emociones inolvidables, de esas que te dibujan una sonrisa mientras miras por la ventanilla del tren, ya de vuelta a casa. El accidente de Ceci, sin embargo, ha cambiado algo en mi imaginario. Allí , con un amigo a 400 metros de profundidad y una lesión medular, rebosaban solidaridad por cada rincón. Tenemos valores, sin duda. Pero tener un corazón enorme no te garantiza nada en un accidente. Hace falta profesionalidad, coordinación y sentido de la responsabilidad a todos los niveles. Y es ahora, cuando han pasado los meses y echo la vista atrás, cuando me doy cuenta de que falta algo...falta la autocrítica.
Montaña de sacas. Foto: Julio Monserrat
Cuando uno explora en Perú, asume entre otras cosas, la inexistencia de equipos especializados de socorro. Y por ello actuamos con mucha más cautela, evitando cualquier riesgo innecesario. Siempre hemos supuesto que en caso de rescate, serían nuestro compatriotas los que tendrían que venir a echarnos una mano. Pero nunca imaginé que se pudiera llegar a tardar tanto. Doce días no nos valen. Podremos congratularnos de ser un colectivo de grandes valores, pero tendremos que estudiar en el futuro cómo podemos solucionar este problema. Y me preocupa sobremanera que se esté celebrando todavía el éxito del operativo, porque ello no hace más que poner trabas a la autocrítica y a buscar una solución de futuro. Habrá que celebrar que Ceci está de nuevo con nosotros, pero la eficacia del operativo sigue en cuarentena. Cualquier escenario distintinto habría tenido un desenlace fatídico. Y esto volverá a ocurrir, que nadie lo dude.

Medallas, medallas, medallas...

He sido el fotógrafo en tres expediciones, he hecho varios documentales de mis viajes y ganado premios con ellos. Sin embargo, cuando preparé las maletas para ir al rescate, no metí ni si quiera una cámara de fotos. Me acordé de cargar las baterías de mi frontal, las tres baterías de mi taladro, de llevar todo el equipo de verticales, tiendas de campaña y un sinfín de material sin que nada me faltara. Pero me la dejé porque iba a ayudar a un amigo, no de vacaciones... y no quería distraerme.

Parte del material que recuperamos. Mientras, Ceci salía al
exterior y se retransmitía en directo por la TV de Perú.
Foto: Julio Monserrat
Sin embargo, allí he visto cosas que me han hecho reflexionar. Me llamó la atención que mientras más de 100 personas celebraban la salida de Ceci en el exterior, apenas un puñado continuábamos bajo tierra, al margen de la luz y los taquígrafos, arrastrando como podíamos entre las angosturas de aquel meandro más de 30 sacas de material colectivo. ¿De verdad hacía falta tanta gente fuera y tan pocos dentro? Seremos un colectivo generoso, pero nos gustan demasiado las medallas. 

Una autocrítica necesaria

Espero que se haga balance y una autocrítica honesta de lo que ocurrió, que se propongan fórmulas que permitan actuar con mayor rapidez e involucren a todas las instituciones, que se proponga un protocolo de coordinación estatal y que se prime el esfuerzo de los que malgastan su tiempo en estar preparados para estas cosas y no al que ve en esto una oportunidad para escribir una línea más de su currículum. Porque no puede ser que, cuando de verdad hay que actuar, los mejores se queden en España.

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